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Una historia

Huían, hasta que los detuvieron dos soldados.
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Cristian Villalta / Gerente de El Gráfico

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No había toque de queda en la zona, pero cualquier familia que se moviera a esas horas de la noche con obvias intenciones de irse a otro lado era cuando menos sospechosa. Al menos, esa era la lógica de los militares.

No es que aquel hombre y aquella mujer, jóvenes ambos, fuesen más irritantes que las otras familias pobres que también emprendían esa huída. La violencia es una máquina de desplazados, de migrantes, de peregrinos en su propia tierra.

Pero es que estos dos algo se traían.

Al menos esa fue la impresión del más severo de los soldados. A diferencia de su compañero, que aún armado hasta los dientes no dejaba de ser un mocoso, este tenía más experiencia y estaba más entrenado en el oficio del terror, en cómo infundirlo y en cómo aprovecharlo para humillar a las humildes gentes que atravesaban a diario aquel retén.

A la primera pregunta, a la primera indagación sobre cosas incluso insignificantes, los vecinos doblaban la cerviz y el miedo les entraba al cuerpo. Pero estos dos, no; había tal convicción en sus palabras que parecían aprendidas, como si sólo estuvieran repitiendo un guión. Algo se traían.

Preguntar de qué huían era tan innecesario como la explicación del esposo, cuyas palabras perturbaron a sus interrogadores no por dramáticas sino por inesperadamente convincentes.

Con su mujer obviamente embarazada, aquel no era lugar para vivir, ni siquiera para sobrevivir, explicaba.

Y era cierto. El problema no era la pobreza, la falta de oportunidades, la injusticia cotidiana ni, vamos, la casi barbarie en la que tocaba nacer y crecer. El problema era que, como si fuese la operación de un artificio diabólico, paulatinamente se había desatado una epidemia criminal y los más jóvenes estaban siendo exterminados.

Uniendo infamia a la desgracia, las autoridades no sólo eran incapaces de detener el genocidio de una generación entera sino que se sostenía que ellas estaban detrás de las ejecuciones. Esa posibilidad era tan funesta como los crímenes mismos; lo único que podía hacerse era huir. Y por eso huían aquellos dos como otros cientos.

El soldado más joven quería caerles a palos. "En estos lados, ser pobre es la mitad de cualquier delito y estos no llevan ni un buen cumbo para tomar agua." Pero el otro no dejaba de tener dudas. Quizá en diferentes circunstancias no les habría amagado pero detener a una mujer en estado era más de lo que le permitían sus escrúpulos. Y si no la detenían y sólo procedían contra el marido, también se exponían a una luz innecesaria.

De modo que por un estricto ejercicio de cálculo decidieron dejarlo ir. Antes, por supuesto, les pidieron sus nombres, les recomendaron desaparecerse de inmediato porque aquella zona estaba caliente y lo insultaron a él por arriesgar así a su mujer, en un viaje estúpido y de éxito incierto. Y los peregrinos, como llegaron, se fueron, manteniendo el paso con el que venían, sin asomo alguno de terror y con un extraño brillo en los ojos.

-Estos no me la hacen. Él chamaco, mínimo es colaborador; la chamaca se ve tranquila pero hoy ya no se sabe. Y usted dejándolos ir... ¿Adónde es que dijeron que iban?

-A Belén, pareja. A Belén.

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