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Una huella imborrable

Le conocí acariciando un sueño. Eran tiempos turbulentos, pero también de esperanza. Era una época de bonanza que escondía los omnipresentes cuadros de pobreza. Eran años de juventud, cuando las ilusiones traspasan barreras y sacuden la conciencia. Y mis primeros años de universidad fueron testigos de ese escenario. Un escenario que ya en el otoño de la vida me persigue sin tener certeza sobre lo que truncó nuestros propios ideales.
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De eso hace casi sesenta años, toda una vida. Sin embargo, la imagen vívida de esa época preñada de contrastes viene a mí de memoria de manera recurrente, pero aprisionó mi mente con la partida de Abraham Rodríguez, hombre preclaro que hizo lo imposible para que el país no cayera en el laberinto de la sinrazón. Se entregó en cuerpo y alma para ofrecer, con otros salvadoreños visionarios, una opción no violenta para la transformación del país, reivindicando los postulados de la Doctrina Social de la Iglesia. Quiso la casualidad que algunos compañeros de su emprendimiento (Dr. Roberto Lara Velado, Ing. Raúl Valiente y el más joven de todos, Ing. Eduardo Castillo) fueran nuestros mentores en las disciplinas esenciales para entender la ciencia económica, pero nunca trataron de catequizarnos. Pensábamos en cambio que si eran excelentes maestros, también podían convertirse en grandes dirigentes. Comulgamos así con sus ideas, su visión y su optimismo, pero nunca militamos en el instituto político que formaron. En lo personal, siguiendo las enseñanzas de mi padre, desde siempre he pensado que también se hace patria siguiendo los buenos ejemplos, respetando las leyes, comulgando con las causas justas y, sobre todo, poniendo en primera línea el bien común.

Habiendo compartido con él algunos cursos, con el paso del tiempo se convirtió para muchos de mi promoción en un ícono por su honestidad profesional, su cultura, su caballerosidad, su humildad, su solidaridad con los desposeídos, su adhesión a las causas nobles y, sobre todo, por su compromiso inclaudicable a favor de un país en paz, democrático y en permanente progreso pero con equidad social. Pienso que en consideración a algunas de mis manifestaciones públicas en torno a estos últimos temas, y siendo director ejecutivo de la ANEP, fue Abraham quien sugirió mi nombre para ofrecer mi versión ante la Comisión que él integraba, junto con otros dos ilustres salvadoreños (doctor Reynaldo Galindo Pohl y licenciado Eduardo Molina Olivares), sobre la cual recayó una de las duras tareas derivadas del Acuerdo de Paz. En retrospectiva, creo que mi participación no agregó mucho, pero en mi fuero interno conservo la sensación de que esa invitación fue inmerecida, aunque el amigo también tenía la virtud de ser un observador discreto de las actuaciones de terceros.

Años después, coincidiríamos en el Senado Consultivo de la UTEC, cuya iniciativa surgió de su máximo representante y fundador. Esta permitió reunir a un grupo de personas de distintas edades, formación y extracción social, pero todos comprometidos con los más altos intereses del país. Esta instancia ha actuado por casi veinte años como un foro para seguir los acontecimientos y los problemas más acuciantes que enfrenta la sociedad salvadoreña, derivando eventualmente en la divulgación de posiciones institucionales y en el reforzamiento de los planteamientos de algunos de sus miembros que ocupan espacios de opinión.

Del grupo original, se nos adelantaron además de Abraham, otros caros amigos: Koky Zedán y Mario Andino. Pero durante esas constantes jornadas que han enriquecido nuestro conocimiento de la realidad nacional y formación humanística –y sin demérito de nadie– fueron el pensamiento profundo y la ética política del doctor Rodríguez los que definitivamente penetraron más en mi conciencia.

Tus sueños, amigo querido, no se materializaron como hubieras querido. Pero dejaste una huella imborrable para que muchos sigamos tus pasos. Descansa en paz, porque tus enseñanzas y amistad las seguiremos practicando y cultivando hasta el fin de nuestros propios días. Tu recuerdo y la presencia de tu honorable familia habrán de ayudarnos para seguir soñando.

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