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Una misión cumplida

Corría el año 1977 y San Salvador estaba lleno de aguaceros, tristeza, miseria tan proverbial como la de un país que en ese entonces competía junto con Haití y Bolivia como los más paupérrimos del continente.
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La Universidad en 1972 había sido cerrada por una intervención militar. De tal forma que para aprovechar mi tiempo ingresé a la Escuela Superior de Educación, en Ciudad Normal “Alberto Masferrer”, donde luego de dos años salíamos como docentes 3-A , en la rama de Letras e Inglés.

Hacia 1976 logré mi primer trabajo como maestro en el Tercer Ciclo del cantón El Espino de San Pedro Perulapán. En el 77 fui asignado como profesor al Tercer Ciclo del cantón San Juan Los Planes, cerca del Boquerón del Volcán de San Salvador.

Al mismo tiempo, estudiaba ya los primeros años de Ciencias Agronómicas en la Universidad de El Salvador. Para llegar a tiempo a clases me venía en carrera libre desde el Boquerón, veredeando, hasta llegar a San Ramón, desde donde tomaba un bus para llegar justo a las 16:00 horas a clases.

Un día un grupo de amigos me increpó sobre mis llegadas sudorosas a las aulas, les expliqué el motivo.

Otro día se me acercó un hombre serio, con cara de madrugada, y me dijo que habían estudiado mi caso, y que, en general, era un hijo de la clase trabajadora salvadoreña, lo cual no me dijo nada.

En esos años gané el Premio Nacional de Cuento, promovido por el Ministerio de Educación, que consistía en un viaje a México, con pasaporte oficial y 1,200 dólares. Fue mi mejor experiencia en el ámbito literario y humano, ese contacto de octubre-diciembre con el universo mexicano.

Conocí a Juan Rulfo en una cantina, “La Habana”, donde con Otto Raúl González, al saber que era salvadoreño narró de memoria “Semos malos” de Salarrué, su maestro, según sus ebrias palabras, sobre todo, agregó, por su increíble capacidad de síntesis.

Al regreso me convocaron a la reunión que cambiaría mi vida. Me propusieron ir a estudiar Ciencias Agronómicas a la, en ese entonces, Unión Soviética. Como recién había visto “Doctor Zhivago” y “Los girasoles de Rusia”, y leído los “Cuentos del Don” de Mijail Sholojov, acepté. Tendría el privilegio de conocer a Sholojov en su aldea natal Bioshenkaya, a las orillas del río Don, de los cosacos.

Solo hay pasaje de ida, dijeron. Si algún día cambian las cosas, te pedimos que regreses, pidieron.

La partida fue triste, como toda partida verdadera. En Moscú y Rostov del Don, aprender ruso; en Tadjikistán (frontera entre China y Afganistán de la entonces URSS), prácticas de algodón, con un estrechón de manos a Fidel Castro en Tashkent, lo cual me convirtió en héroe de los cubanos ahí estudiando durante toda la carrera de cinco años; prácticas de cítricos en Georgia, Mar Negro; especialidad en combatir el carbón del maíz, en la Academia de Ciencias Agrícolas de Kiev, Ucrania.

Un sueño de siete años pasado en nieve. Luego, otras partidas, Praga, Roma, París, El Cairo, Alemania de veinticinco años, donde, afligido para legalizar mi estadía, terminé con honores una maestría y un doctorado.

La magia del país y la literatura posibilitaron el regreso a Itaca. Una odisea descalza vivida como tragicomedia a caballo entre lágrimas y sonrisas.

Tags:

  • intervencion militar
  • tercer ciclo
  • boqueron

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