Una pésima jornada

El pasado martes 11 se dio bastante espacio al recuerdo del undécimo aniversario del atentado terrorista contra las torres gemelas, pero pocos se acordaron de que también ese día se cumplieron once años de la aprobación , en Lima, de la Carta Democrática Interamericana.
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Más de una década después de los hechos de aquel día, el balance no es de lo mejor: consiguieron más los terroristas que los cancilleres de las Américas reunidos en tierras peruanas.<p>Los efectos destructivos del golpe en NY han sido mucho mayores que lo contabilizado para el día de la propia tragedia. Imprevistamente, sin haberlo imaginado nunca siquiera, en pocas horas los estadounidenses tomaron conciencia de que no eran invulnerables. Cundió el pánico.</p><p>Se hacía preciso castigar a los malos; demostrar que se seguía siendo el país más poderoso del mundo y, también, había que empezar a “entender” que para tener “una seguridad más segura” es necesario “sacrificar” ciertas cosas.</p><p>Estados Unidos se embarcó en una guerra sin sentido, inventada y con consecuencias aún más catastróficas que las del atentado terrorista. Quizás fue algo así como una precipitada arremetida hacia no se sabía bien dónde, en la que primó más el miedo que la serenidad.</p><p> Once años después la economía de EUA y del mundo desarrollado sufre lo que en gran parte son las consecuencias. Y con todo, no ha sido lo peor; en este tiempo los ciudadanos de EUA han visto menguados sus derechos y libertades, como le ha ocurrido también a uno de sus buques insignias: la prensa. Muchos medios de información flaquearon, se “metieron” en la guerra, se dejaron persuadir por la causa patriótica.</p><p>Quizás “la crisis” de hoy no sea tanto por las nuevas tecnologías, sino por la pérdida de credibilidad que no es ni una antigualla ni una modernidad, sino lo que hay que tener, en cualquier época, para ganarse a la gente.</p><p> Tampoco nada imaginaban de lo iba a pasar el entonces canciller del Perú y hoy presidente de la Corte Interamericana de DDHH, Diego García-Sayán, y el secretario de Estado Colin Powell, quienes se habían juntado a desayunar aquella mañana del 11 de setiembre de 2001. Las noticias obligaron a Powell a volver de urgencia, pero igual, esa tarde, la Carta Democrática fue aprobada.</p><p>Era preciso tener un documento que previniera la aparición de nuevos personajes como Fujimori, que desconocieran al Poder Ejecutivo, que manejaran a jueces y fiscales a gusto y que modificara las constituciones a su medida y a su permanente deseo de “ser reelectos”.</p><p>Y no hay que abundar mucho. En una región donde cada vez se respeta menos al Poder Judicial, donde la Libertad de Prensa es atacada continuamente y donde los mandamases “fuerzan constitucionalmente” su permanencia en el trono, reelección y abuso de poder mediante la Carta que solo ha servido para tapar esa realidad y darle alguna legitimidad, limitada, eso sí, por su ya muy alicaída credibilidad.</p><p> En fin, un documento que, además, ha servido para algunos atropellos de la lamentable OEA y su secretario, ocupados, hoy, por ejemplo, de velar por la transparencia de las próximas elecciones paraguayas, mientras no se animan a plantearle a Chávez ni siquiera una mínima presencia (en serio) en las elecciones venezolanas, las que solo serán observadas por los “invitados” del comandante bolivariano. Sin dudas, aquella fecha de septiembre de 2001 fue una pésima jornada.</p><p>&nbsp;</p>

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