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¿Una policía que da miedo?

Durante muchos años hice la cobertura de emergencias en este país. Cubrí homicidios, la época dura de los secuestros, las liberaciones, operativos en el centro. Y siempre sentí que estar a la par del pelotón de la UMO, o del GRP, o ir con las patrullas a esos operativos me daba seguridad. He admirado a muchos de los elementos que he visto trabajar, pero esta semana, esa sensación de ver a la policía como mi aliado, como el que me defenderá, cambió.

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Estaba almorzando cuando recibí la llamada de mi primo, que tiene un hijo de 15 años y este a su vez un medio hermano de 20. Mi primo venía saliendo de un supermercado y esperaba a los jóvenes porque el mayor había ido a traer al menor a la escuela. Regresaba del curso de verano.

Mientras hablábamos por teléfono me dijo: “Allí vienen estos, los voy a ir a encontrar”. Y de inmediato agregó: “Te dejo que los acaba de parar el GRP”.

No pude evitar preocuparme. Cuando los jóvenes bajaron del bus, mi primo estaba a una cuadra. Vio cuando la patrulló se detuvo de manera intempestiva frente a los muchachos. Les ordenó ponerse contra la pared para el registro y entonces mi primo se acercó a ellos.

Los tres agentes que se bajaron del vehículo portaban armas largas y gorros navarone y por supuesto que asustaron a los muchachos. Mi primo se acercó y se identificó como el papá de ellos.

El agente a cargo le dijo de manera agresiva que diera un paso atrás y comenzó a cuestionar a los muchachos que no entendían bien por qué los estaban deteniendo.

Mi primo volvió a identificarse como el responsable de ellos. Entonces el agente les preguntó, de nuevo de manera agresiva, que por qué andaban solos, que qué andaban haciendo y por qué el menor tenía un sello en la mano.

Y volvió a decirle al adulto responsable que se mantuviera alejado. El joven explicó que el sello era por haber entregado una tarea.

Los muchachos contestaron a todas sus preguntas y de mala gana los dejaron ir porque mi primo no se movió del lugar.

Ellos no viven en una zona de riesgo, no tienen tatuajes, no hacían nada malo más que caminar y aun así la forma en que los abordaron fue agresiva y amenazadora.

No sé si la situación hubiera empeorado si mi primo no hubiera estado cerca, sobre todo por la actitud violenta de los agentes.

El mayor de los muchachos le dijo a mi primo que no tenía idea de cuánto se había alegrado al ver que ya estaba allí esperándolos, una vez vieron a la patrulla detenerse.

Ellos a veces andan en carro con mi primo, a veces les toca en bus porque no dan los márgenes de tiempo para llevarlos y traerlos a todos lados. No es la primera vez que ocurre una detención como esta.

Lo cierto es que tras el encuentro todos quedamos un poco nerviosos. Los jóvenes desconfían de la policía cada vez que los detienen, ya los han amenazado en otros registros. Esto es lo normal en un montón de zonas del país. Algo estamos haciendo mal cuando uno teme que la policía cometa un abuso, cuando no nos sentimos seguros en un registro a nuestros hijos o sobrinos, a los hijos de nuestros amigos. Algo hace mal este país cuando el joven siempre es el sospechoso.

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