Una política exterior perdedora

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Rubén I. Zamora

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El gobierno del presidente Bukele, dentro de su lema de "pasar la página de la posguerra", ha anunciado una nueva política en el campo de las relaciones internacionales, su ministra del ramo ha estado muy activa ejecutando el cambio en estos primeros cuatro y medio meses de ejercicio.

Un análisis de los primeros 8 meses de la política exterior del actual gobierno apunta a unas relaciones internacionales centradas casi exclusivamente en "lograr una nueva política hacia Estados Unidos", y que su único horizonte es satisfacer al gobierno de Trump; así, la presidencia de la integración centroamericana durante el pasado semestre que correspondió a nuestro gobierno empezó con la negativa del presidente Bukele de asistir a su toma de posesión y transcurrió hasta su cierre sin pena ni gloria, sin iniciativas ni avances; luego vino el discurso del mandatario en la ONU en el cual la única referencia a nuestro país fue el desfile de unos niños y la donación de instrumentos musicales, pero no han faltado las frecuentes visitas a Washington de la ministra reciprocadas por funcionarios de Trump a El Salvador declarando ambos gobiernos el alto nivel de que gozan sus relaciones diplomáticas y los dos presidentes se han reunido para declararse mutuamente ser "Cool".

Pareciera que hay un intento de hacernos olvidar que, más allá de los discursos, cocteles y visitas, la diplomacia tiene su centro en EL LOGRO DE LOS INTERESES NACIONALES Y NO EN LAS FRASES BONITAS.

Si tomamos esta perspectiva, es indiscutible que la definición del interés nacional salvadoreño estriba en la defensa de nuestros compatriotas inmigrantes, no solo por su número, cercano a un tercio de nuestra población, sino por lo que su trabajo significa para el bienestar económico de miles de familias salvadoreñas en los Estados Unidos y en El Salvador; y que el verdadero termómetro de nuestra relación con los EUA debe medirse principalmente por este tema, sin embargo, el récord es realmente triste.

Empezando por el tratamiento irrespetuoso, injusto y falso que el presidente Trump ha dado públicamente a nuestros inmigrantes, frente al cual, tanto el gobierno anterior como el actual han callado, incapaces de rechazarlo con dignidad; luego ha venido el golpe de cancelación de los Dreamers y de terminar con el TPS, que significa, para cientos de miles de migrantes salvadoreños establecidos legalmente por décadas en los EUA, perder su estatus de residentes legales con la consiguiente pérdida de empleo, sujetos a deportación y a la ruptura de sus familias; por otra parte, esto será un durísimo golpe a nuestra economía, ya que una parte sustancial de las remesas (5,021 millones el año pasado), casi un 16 % del PIB, nos es enviada por los Tepesianos; si aún no se ha concretado es por la intervención de los jueces federales que le han detenido los decretos a Trump.

Pero no solo eso, la ministra ha firmado un "Acuerdo de Cooperación" que nos impone recibir como refugiados en proceso de asilo a un número desconocido de extranjeros, todos ellos enviados por decisión de los EUA y a los que el gobierno salvadoreño debe, según la Convención de 1951, garantizar su manutención, empleo, educación, salud y vivienda; y hacerlo sin tener la menor idea ni presupuesto para enfrentar esa responsabilidad onerosa.

La letanía no termina allí, a la agencia de cooperación del gobierno de los EUA en El Salvador se le han cancelado los fondos ya comprometidos para los programas de este año trasladándolos a Venezuela, y pretenden sustituirlos con un programa de financiamiento directo a la empresa privada para que invierta en el país, es decir, que se sacrifica el apoyo a las comunidades, y a los proyectos de luchar contra las maras, para practicar el apoyo a los empresarios... norteamericanos.

El gobierno de El Salvador debe enfrentar estas realidades que, aunque van acompañadas de bonitas palabras de una "nueva política hacia los EUA", entran en contradicción con la realidad y calibrar su relación con los EUA por los hechos y no los discursos.

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