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Una sobrevivencia con propósito

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Rafael Rodríguez Loucel

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Decidimos con mi esposa pasar las Navidades del año pasado en Miami, como es una tradición. Salimos a comer a un lugar relativamente cercano. Hicimos unas cuantas llamadas para decidir salir o descansar en espera de la Navidad (25 de diciembre). Después de un par de saludos familiares optamos por dormir. Serían quizás las 2 de la madrugada cuando me levanté al baño. A mi regreso a mi cama me desubiqué, la realidad es que me acosté prácticamente en el aire y de almohada una mesa de noche. Caí estrepitosamente y recuerdo haber gritado diciendo: ahora se me va a quitar ese dolor continuo (el cual llevaba tres años de tenerlo, de baja de intensidad pero molesto). El dolor fue esta vez agudo e intenso y mi señora me incorporó con un supremo esfuerzo de ambos.

Amanecimos y entre quejas y lamentos de mi parte y una gran paciencia y tolerancia de parte de Patty (mi esposa) fuimos a emergencias de un hospital cercano y ya conocido por nosotros por haber estado dos veces anteriormente: Cleveland Hospital. Nos vieron en emergencias y tomaron radiografías y según manifestaron la situación actual no había cambiado con relación al antecedente. Yo salí del hospital en la misma silla de ruedas en la cual llegué, gritando fuertemente y los enfermeros solo nos miraban con rostros inexpresivos. Retornamos al hotel y yo tuve que entablar un acuerdo de amistad con el dolor. Le pedí a Dios que me permitiese soportarlo, "que te mando que te esfuerces y seas valiente" dije en silencio. Los días pasaron en una especie de prisión domiciliaria.

Se llegó el momento del retorno con serios tropiezos en el aeropuerto, incluyendo una caída adicional al pretender dar un paso en la acera. Abordamos el avión y durante el vuelo yo seguí con mis lamentos que se tornaron quejidos, incomodando a pasajeros que habían pagado clase business. Por fin llegamos y otra silla de ruedas esperando, "quizás la misma" que utilicé en la partida para que me diesen ciertos privilegios. Del chequeo a mi retorno a mi casa hubo otros lamentos hasta llegar a mi estudio, en el cual estaba mi cama. Solo pude pasar una noche. Al siguiente día al Hospital de Diagnóstico y Emergencias, en el cual estuve un mes. En ese conocido y costoso hospital fui sometido a una operación de la columna vertebral de 5 horas de duración y de la cual aún estoy convaleciendo en el estudio de mi casa, convertido en otro dormitorio para evitar subir gradas.

Otro hecho significativo en mi existencia es haber estado pagando una condena de 5 meses sin juicio previo ni condena, como superintendente en el caso Insepro-Finsepro y del cual hubo suficiente publicidad en su momento y al que yo le di relevancia en mi libro titulado "Una realidad y una injusticia". Lo consigno en este artículo porque también fue dolor, de esos que incapacitan también y ante el cual solo la buena voluntad y la fe te fortalece.

Estamos en el segundo mes de 2020 y después de haber sobrevivido a dos sucesos de suma relevancia. El último de ellos me tiene momentáneamente incapacitado, pero saldré adelante. Reflexiono y me digo: Si Dios ha permitido que llegue hasta este momento, debo servir para ser parte de la solución y no del problema de este país que se ha negado el desarrollo.

Tags:

  • hospital
  • dolor

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