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Una sociedad en búsqueda de la tierra prometida

En un territorio llamado República de El Salvador o simplemente El Salvador habita una sociedad que fue parte de un territorio más grande llamado Centroamérica, pero que por intereses particulares se desmembró y una de sus partes adoptó el nombre al principio mencionado.
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Esta sociedad ha tenido varias características, entre las cuales destaca la de ser laboriosa y guerrera. Desde su fundación se destacó por poseer el hábito al trabajo. Bélicos, violentos o guerreros, como suelen decir benévolamente algunos, también. Acostumbrados a vivir con la necesidad como su propia sombra, aguantan todo y a semejanza de un macho de carga, les ponen sobrepeso y continúan caminando.

“Una guerra civil de 12 años, cuyo costo humano llegó aproximadamente a 75,000 vidas finalizó el 16 de enero de 1992, cuando el gobierno y la guerrilla firmaron los acuerdos de paz que dieron lugar a reformas militares, sociales y políticas”. Wikipedia.

La paz en el país, sin embargo, no se logra. Las muertes entre salvadoreños perduran. Los homicidios es la orden del día y es la noticia por excelencia. Pero la natalidad es alta.

La suma algebraica (suma y resta) pareciera todavía positiva, puesto que así como mueren, nacen. Este resultado es de un beneficio polémico, teniendo en cuenta el ángulo humanitario, por las limitaciones o su potencial escaso de satisfacción de necesidades que el país tiene de proporcionar una vida digna a la niñez, a lo que se agregan las plagas y los homicidios.

Es lamentable concluir que El Salvador después de un Acuerdo de Paz firmado en 1992, 24 años después, todavía es una sociedad cuya mayoría anhela una paz interna, como premisa para escapar de su subdesarrollo y poder crear un escenario presente de un país con posibilidades de alcanzar en un futuro una calidad de vida digna para esa mayoría.

Es obvio que una minoría que se desenvuelve cómodamente en la politiquería o bien porque pertenece a aquellos estratos de ingresos que evidencian la pésima distribución del ingreso en el país, les favorece el conflicto, la crisis y la anarquía para mantener su statu quo en desmedro de la mayoría que es sumisa, obediente y además tributa lo que le corresponde sin cuestionar el destino de los recursos.

Tales realidades, la creciente e interminable violencia y la falta de seguridad en muchos lugares del país, originan la necesidad apremiante de un éxodo para un alto porcentaje de la población joven (7 de 10). Un extremo pesimismo me induce a compararlo con el citado por la biblia. Como agravante, esa población joven constituye el factor productivo más preciado del país por su abundancia y principalmente por su inclinación al trabajo, tal vez obligados por sus necesidades incluso antes de nacer.

Lo que magnifica ese pesimismo es la preocupante indiferencia o absoluta falta de participación de la mayoría, como si fuese una sociedad sin rumbo y solo a la espera del final. En lo particular, me surgen recuerdos pertinentes de mi juventud, tiempo en el cual sí existía un ciudadano con ambiciones y una convicción cuasi generalizada, que el país era productivo y consecuentemente una sociedad con aspiraciones. Era atrevida y vanidosa, a tal grado de autodenominarse el país de la sonrisa, los israelitas o japoneses de la región

Termino estas reflexiones apretadas, aparentemente pesimistas, pero según mi criterio, realistas, formulando votos para que la nueva generación rescate una Visión País y construya su futuro. Utilizando una atrevida analogía, Dios quiera que está sociedad también encuentre su tierra prometida.

Tags:

  • centroamerica
  • guerra civil
  • homicidios
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