Unión aduanera: reflexiones (I)

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Columnista de LA PRENSA GRÁFICAUn viejo sueño. Parece fácil, pero no lo es. Por algo el ideal de crear la Unión Aduanera Centroamericana –consignada como un objetivo fundamental en el Tratado General de Integración suscrito en 1960– ha tardado tanto en materializarse. Esto no significa que la idea haya sido abandonada por casi sesenta años, pero los intentos de impulsarla han sido virtualmente intrascendentes, dispersos y motivados por protagonismos temporales dignos de mejor causa. Esto lo confirma la amplia información que sobre el tema aparece en internet.

Entre las causas que subyacen en ese lento caminar, hay realidades de tipo político e instrumental que llaman la atención. Por ejemplo, el estudio de la CEPAL “Retos de la Unión Aduanera en Centroamérica” (2011), destaca: “Los compromisos no se institucionalizan a nivel de Estado y su cumplimiento a menudo depende de posiciones personales de los funcionarios”. Esto lo dramatiza una investigación más general realizada por FEDEPRICAP hace ya un buen tiempo, que identificó más de 1,000 resoluciones y acuerdos emanados de las Cumbres Presidenciales, COMIECO y otras instancias relacionadas con la integración, pendientes de ejecución.

Hoy pareciera que las cosas se están tomando más en serio, especialmente con la decisión de El Salvador de unirse al movimiento iniciado por Guatemala y Honduras. Esto le da todavía más sentido al Triángulo del Norte, agregándole valor y mayor visibilidad internacional a la Alianza para la Prosperidad gestada por la administración Obama, aunque en ese plano también sean reconocidos por razones menos nobles.

Obviamente, el énfasis inicial necesariamente debe ponerse en la facilitación del comercio, pero a juzgar por lo que se conoce sobre el grado de avance de los otros dos países, es claro que El Salvador ya tiene algún retraso. Sin embargo, las asimetrías derivadas del trabajo ya adelantado por Guatemala y Honduras deberían, idealmente, desencadenar una sinergia importante para dinamizar todo el proceso. La euforia de los funcionarios salvadoreños por los potenciales beneficios de la iniciativa debería, además, ser un acicate para ello, pues las cifras que manejan en materia de crecimiento y flujos comerciales entusiasman a muchos. Sabemos que sobre esto hay estudios de base, pero tampoco podemos olvidar los guarismos exuberantes que nos planteaba un ministro de Economía cuando empezaba a negociarse el CAFTA.

Un artículo publicado recientemente por Editora Acento, acreditado a Niurka Beato y referido al aspecto estrictamente comercial, cita a Viner –considerado como el fundador del análisis económico de las uniones aduaneras– diciendo que estas podrían tener dos efectos: 1) la creación de comercio y 2) desviación de comercio; concluyendo que para que sean beneficiosas, la primera debe ser superior a la segunda. También hace mención a la posición de Meade (Nobel de Economía 1977) señalando que ello depende del mayor o menor nivel arancelario inicial. Al primero se adhiere Lipsey, aduciendo que las pérdidas y/o ganancias que pueden ser generadas por una unión aduanera dependen de la especialización en la producción, las economías de escala, las variaciones en los términos del intercambio, el cambio en la eficiencia debido a la mayor competencia extranjera y cambios en el crecimiento económico. Estas simples referencias a los enfoques de estas eminencias de la economía ya inducen a pensar en elementos de sustancia que deben considerarse alrededor del tema, especialmente considerando los elementos estructurales e institucionales que explican nuestro lento crecimiento...

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