Unión entre generaciones: a grandes desafíos sobrevienen grandes esperanzas

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Laura Mejía Coautora de El País que viene

Laura Mejía Coautora de El País que viene

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Considero que las crisis financieras y políticas ocurridas en la última década nos han obligado a adoptar la prisa como un estilo de vida, estar y sentirnos siempre acelerados y simplemente buscar medios para subsistir. Este rasgo produce efectos indeseables para el desarrollo personal y la búsqueda de la autorrealización en lo individual y para la construcción de un tejido social armónico, en el plano colectivo. Convivimos con el estrés y la ansiedad, de modo que no disfrutamos del momento porque estamos anticipando el futuro.

Está claro que los problemas como inseguridad, violencia, pobreza, desempleo y desigualdad no están siendo afrontados adecuadamente por los gobernantes y la baja efectividad de los programas públicos en términos de progreso y desarrollo sostenible nos coloca en desventaja de competencia con otras naciones. Estas circunstancias, aunque parezcan lejanas, afectan cada día la realidad del salvadoreño promedio. De acuerdo con Ricardo Sol Arriaza, el gran desafío de la participación ciudadana equivale al compromiso social y político de fortalecer una ciudadanía activa y responsable. La relación entre sociedad civil y Estado es interdependiente, por tanto el avance en uno permitirá la estabilidad y fortaleza institucional del otro, según cada régimen democrático particular.

La ciudadanía joven como una expresión cultural nos muestra la dimensión múltiple de su comportamiento con manifestaciones de vida particulares, con necesidades y derechos firmes, basada en una cultura democrática más integral y humanista donde se propicia la participación auténtica con un alto grado de compromiso social, cultural y político mediante relaciones de liderazgo horizontal. Este ejemplo debería ser replicado por las generaciones adultas, por mi generación y la tuya también.

En base con la definición de las Naciones Unidas, desde hace 10 años ya no soy una persona joven. Y de acuerdo con la Ley General de la Juventud de El Salvador en 2012 dejé de serlo. Por eso cuando me invitaron a formar parte de “El país que viene: horizonte común”, cuyos autores son personas de 18 a 35 años de edad, me hizo reflexionar del papel que mi generación debe representar en la historia salvadoreña y además me llevó a abrazar la idea que cómo los adultos jóvenes debemos ser una palanca robusta para esta nueva generación.

Mi propuesta es sencilla: debemos crear nuevos adultos. Desde el plano individual hasta la dimensión colectiva, la interacción entre generaciones debe fomentarse bajo nuevas prácticas democráticas y de la mano con la inclusión de los sectores que históricamente han sido excluidos. Lo anterior, posibilitará la construcción de redes de ayuda mutua, solidaridad y reciprocidad para diseñar e implementar estrategias innovadoras que nos permitan enfrentar las problemáticas salvadoreñas.

Nosotros, los salvadoreños, jóvenes y adultos, tenemos la obligación de imaginar, diseñar y construir nuevas posibilidades, sin conformarnos y especialmente reviviendo la empatía entre similares o diversos. Según el Índice Mundial de Bienestar Juvenil, en 2017 “los jóvenes sienten que tienen algún futuro y algún poder para crear”. Brindémosles entonces esa oportunidad. Seamos los nuevos adultos que el país necesita. Deseo animar a los lectores a dejar atrás los prejuicios sobre la juventud y permitirse descubrir que las diferencias intergeneracionales no deberían ser barreras para el diálogo, la tolerancia y el logro de acuerdos. No podremos acercarnos al horizonte común que deseamos si antes no nos aliamos intergeneracionalmente.

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