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Entonces unos taciturnos empleados del sistema penitenciario salvadoreño se inventaron la tregua. Probablemente fueron las mismas personas que creyeron que juntar al Viejo Lin con el Sirra y sentárselos en el set a Toby Jr. era buena televisión; quizá a ellos se les ocurrió pegarle un telefonazo a Fabio Colindres para saber si se le antojaba besarle los pies a un pandillero; a ellos se les ocurrió romper el aburrimiento de los presidiarios con un delivery venéreo, e hicieron un cuchubal para comprarles smartphones a los reos más influyentes.
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Esta es la versión de la famosa tregua entre pandilleros y el gobierno de Mauricio Funes que alguna gente de esa administración le quiere vender a la población. En ese orden de cosas, Raúl Mijango es un oportunista, Fabio Colindres tuvo una crisis de mesianismo, y todo eso mientras el Ministerio de Seguridad del general Munguía Payés se dedicaba estrictamente a lo suyo (es decir, a contar muertos).

Hay otra posibilidad, por supuesto. Para decirlo luego, existe la posibilidad que el Gobierno anterior, ante la ineficacia de su brazo represivo, creyó buena idea una negociación con los líderes de las pandillas recluidos. ¿O acaso hay algo más fácil que negociar con un hombre al que mantenés preso? A cambio de unos pocos pesos, de un televisor por aquí, de una visita conyugal por allá, quizá con su concurso se conseguiría reducir las cifras de homicidios.

Para legitimar públicamente el fenómeno y darle verbo cristiano, poderosa herramienta de marketing en un país tan hipócrita como El Salvador, se necesitaba a un representante de la Iglesia. Hecho. Para hacer el trabajo operativo, entiéndase entrar y salir de los penales y llevarles algún chocolate a los líderes de las maras, también se necesitaba a una persona fácil de relacionar con la izquierda pero no con Funes. Hecho.

Y así empezaron. El Gobierno alegando no saber pero celebrando “el proceso”; los líderes delincuenciales, enviando la petición de bajarle el entusiasmo al gatillo, con regular suceso entre sus filas; y la opinión pública, distraída.

Esta versión menos softcore de la tregua es de todo menos conveniente para el actual Gobierno (de ahí la repentina reserva del caso), porque aniquila la credibilidad de su actual ministro de Defensa e impide capitalizar la torpeza de los políticos areneros que se sientan a tomar café con los pandilleros. Más techo de vidrio, imposible.

Dos ángulos de esta hipótesis son intrigantes. Primero, si las personas más visibles alrededor de la tregua se enteraron de que estaban siendo utilizadas por el Gobierno y si no les importó porque creyeron servir a un bien mayor, o si solamente les interesaba su beneficio personal. Es decir, ¿eran próceres o eran cínicos? Y segundo, ¿qué inspiró al Ejecutivo a romper su pacto con los delincuentes? ¿Fue cálculo político? ¿Fue una llamada de la Embajada? ¿Fue un repentino ataque de pudor ante la ciudadanía?

Las íntimas motivaciones de los personajes son lo único apasionante de esta historia. Todo lo demás, la mentira gubernamental, la falta de pantalones de los que hoy niegan a su criatura, los groseros detalles de lo que negociaban, lo palurdo de nuestros funcionarios, es insulso.

Al final de las confesiones, detrás de lo mórbido y de lo pueril, ruego porque la justicia encuentre al hombre o a los hombres que, antidemócratas y megalómanos, creyeron posible resolver el flagelo de las pandillas a espaldas de los ciudadanos, violando la ley y esperando aplausos.

Se me ocurre uno.

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