Lo más visto

Más de Opinión

Uno de los puntos básicos en los que todas las fuerzas nacionales tendrían que coincidir es en el respeto inexcusable a la vigencia del Estado de Derecho

Si hemos de ser sinceros, lo que se ha perdido es la normalidad del vivir ciudadano, con todas las implicaciones que eso trae consigo. Si no hay normalidad no puede haber estabilidad, y si no hay estabilidad no puede haber progreso. Así de simple.
Enlace copiado
Enlace copiado
Cuando se revisa el acontecer nacional en el curso cotidiano del mismo es muy fácil colegir que hay en el ambiente una constante refriega en lo que corresponde al imperio de la legalidad, porque muchas de las prácticas institucionales continúan aferrándose a criterios y a mecanismos que se establecieron cuando la impunidad y la falta de transparencia eran lo común entre nosotros. En la medida que el proceso democrático va avanzando, los reclamos de transparencia y de sujeción a la ley se vuelven más apremiantes, y no es de extrañar entonces que hayamos entrado en una dinámica de destapes, que genera múltiples reacciones tanto de apoyo como de rechazo. El poder establecido, independientemente del signo ideológico que sea, busca siempre escabullirse de los controles, y eso es lo que sin duda está detrás de muchas de las acciones y reacciones que se dan en el día a día.

Para el caso, el hecho de que la investigación fiscal esté desarrollándose con nuevos bríos y que haya crecientes visos de independencia en la gestión que actualmente está al frente de dicha tarea remueve muchos pisos tradicionalmente inmóviles, y hace que surjan argumentos descalificadores de todo tipo. El término “persecución política” es el más socorrido. Y si a eso agregamos que la justicia constitucional se ha venido haciendo sentir en los años más recientes con una autonomía sin precedentes, los argumentos autodefensivos de los que se sienten amenazados por ese rebrote menudean a cada paso.

Pero en verdad de lo que se trata es de hacer posible que en el plano de las realidades nacionales la normalidad vaya ganando presencia y eficiencia. Si hemos de ser sinceros, lo que se ha perdido es la normalidad del vivir ciudadano, con todas las implicaciones que eso trae consigo. Si no hay normalidad no puede haber estabilidad, y si no hay estabilidad no puede haber progreso. Así de simple. Desde luego, y esto es elemental como se sabe por experiencia, la normalidad sólo puede sustentarse en el cumplimiento estricto y generalizado de la normativa legal, pues sólo un real y funcional Estado de Derecho garantiza la convivencia pacífica y progresista. A partir de ahí se pueden levantar todas las iniciativas que se dirijan a potenciar el crecimiento en sus diversas expresiones, que no son sólo económicas sino también sociales y culturales.

Hoy se está hablando cada vez más de construir un acuerdo nacional que permita salir de los atascos actuales para pasar a las vías expeditas hacia el futuro. Es oportuno, entonces, puntualizar que el primer punto de acuerdo tendría que ser el compromiso de todos para que la normalidad se establezca sobre los fundamentos de la ley y con miras a las metas del desarrollo integral. Si no se parte de ahí, los eventuales acuerdos tendrían bases muy frágiles, que los harían tambalear y aun desquiciarse por las dificultades y los obstáculos que se irán presentando inevitablemente en el recorrido. Como medida preparatoria se tendría que dejar a un lado, por parte de todos, la manía de las descalificaciones mutuas y la tendencia obsesiva a defenderse a costa del respeto a la ley y a la institucionalidad.

Estamos en un momento altamente decisivo para la suerte de nuestro proceso nacional. Hay que tomar la debida conciencia de ello, para enfilar esfuerzos hacia lo que al país le conviene en realidad: paz, estabilidad y progreso. En síntesis, normalidad en clave constructiva.

Lee también

Comentarios