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Urge un pequeño cambio desde la escuela, desde el aula (1)

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Ricardo Bracamonte / Máster en Evaluación y Política Educativa

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Conversando con un docente de cuarto grado, coincidimos en la necesidad urgente en su escuela y en la comunidad de trabajar más por promover acciones permanentes que fortalezcan la convivencia y promuevan una cultura de paz, no sólo en su lugar, sino en todo el país.

"Sabe", me dice, "el problema está en que, tanto en la escuela, los técnicos, el director, incluso los estudiantes, todos nos piden cuentas sobre logros en los contenidos. Incluso, hasta los maestros de bachillerato, ya están preparando para la PAES, no en función de competencias, sino de contenidos". Eso es lo que pesa, me dice.

En efecto, la estructura de los programas de estudio ha estado principalmente en función de los contenidos. En esa lógica se han ido formando muchas generaciones de docentes.

En los actuales programas se habla de planificar por competencias; sin embargo, los contenidos hegemonizan a la hora de trabajar las cartas didácticas; mientras, la formación en valores queda como "algo a desarrollar, si queda tiempo". Es más, los valores se trabajan como una esfera separada de las asignaturas tradicionales. "Eso que lo den en Moral, Urbanidad y Cívica", argumentan algunos profesores.

Por lo general, el docente se ve en dificultades al querer ensamblar contenidos con valores. En 1995, la Comisión de Educación, Ciencia y Desarrollo hacía el señalamiento que "bastantes maestros no conciben cómo usar todo el currículo para conseguir finalidades formativas de la conducta".

El pequeño cambio, sin quitar importancia a los contenidos ni al fortalecimiento de las competencias, debe colocar como elemento primario la formación del estudiante en función de aspectos relacionados con su práctica real como individuo, como integrante de un grupo y como parte del país o del planeta.

"Saber ser" y "saber convivir con los demás" deben ser los ejes vertebradores. "Saber conocer" y "Saber hacer" deben estar orientados por las dos directrices anteriores.

La incursión en la tecnología, la profundización en la ciencia, el uso del poder del lenguaje, el dominio y puesta en práctica de métodos de análisis de la sociedad para conocerla y transformarla deben estar bajo una sombrilla consistente de red de valores que deben ocupar un lugar preponderante en todo el aprendizaje del estudiante.

Si nos pusiéramos estrictos, diríamos que ninguna carta didáctica debe aceptarse si no tiene a la base una específica intención valorativa que debe ser medida con indicadores de corto, mediano y largo plazos.

El fin último de la educación es "convertir a cada niño en un hombre integral: amante de la verdad y de la libertad, respetuosos de la vida humana, y del medio ambiente en todas sus expresiones; decía la comisión de notables, antes señalada".

Se trata de hacer de los valores un modo de vida. Desde que el niño entra al centro educativo debe comenzar a practicar valores hasta convertirlos en hábito.

"Si tuviéramos un sistema evaluativo que le dé una ponderación fundamental a la práctica de valores" quizás sería otra cosa, reflexiona el docente. Una escala de valores en donde pese más el aprender a "ser" o a "convivir con los demás".

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