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Utilicemos nuestros mejores aniversarios para posicionarnos hacia adelante con propósito de aprovechamiento evolutivo

¿Hemos entrado en una nueva era evolutiva, destinada a superar abiertamente todas las anteriores? Y la respuesta más razonable es: Sí, justamente vamos hoy por ahí, ya con mucho a nuestro favor.

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David Escobar Galindo

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Estamos en enero de 2020, y como todos los años la ocasión es más que oportuna para revivir en el recuerdo permanentemente actualizado lo que han sido nuestros momentos nacionales más significativos, no en simple homenaje hacia el pasado sino sobre todo en función inspiradora hacia el futuro. En ese sentido, el mes de enero tiene dos fechas imborrablemente emblemáticas del accionar popular en nuestro país: el 16 de enero de 1992, que es la fecha en que se firmó en México D. F. el Acuerdo de Paz que concluyó políticamente el conflicto bélico interno que estuvo en el terreno casi por 12 años; y el 22 de enero de 1932, cuando estalló la insurrección campesina en el Occidente del país. Dos momentos verdaderamente estelares dentro de nuestra evolución histórica, y que hoy, y de aquí en adelante, habría que reconocer, evaluar y proyectar como lecciones incomparables en la ruta de nuestro destino.

Allá en 1932 el pulso de nuestra historia nacional llegó a un nivel que hacía necesarios los tratamientos correctivos pertinentes. En el fondo, lo que se estaba demandando desde el fondo de la realidad estructural era una democratización que pusiera a todos los connacionales en nivel de equidad progresista. El brote se dio en el área rural campesina e indígena del Occidente del país, y como el recién aparecido Partido Comunista se montó en el caballo insurreccional, al poder establecido, totalmente reacio a dejar su predominio histórico, le fue muy oportuno etiquetar aquel movimiento como "comunista", para atacarlo de raíz. Si en 1932 la democratización nacional hubiera tomado impulso otro gallo nos habría cantado hacia adelante; pero se impuso el estancamiento con tinte dictatorial, y nuestra evolución entró en fase fantasmal durante las décadas siguientes, con los efectos previsibles.

Entre 1932 y 1980, es decir durante los 48 años que siguieron a aquella fecha original, la realidad salvadoreña se fue cargando de factores conducentes a una conflictividad interna que era la ruta directa hacia un choque de fuerzas en el plano militar. Aunque casi nadie en el país llegó a reconocer que eso podía pasar en el terreno de los hechos, la guerra al fin estalló en los meses centrales del año 80, acunada por los grandes intereses de poder de la llamada Guerra Fría. Y nuestro conflicto bélico se extendió insospechadamente durante casi 12 años. Eso fue una prueba más de que en el país vivimos a merced de lo inimaginado; y a partir de septiembre de 1989 tal constatación se hizo aún más dramática porque se emprendió un esfuerzo de paz por la vía política, en el que casi nadie creía, lo cual le dio a dicho proceso la oportunidad de avanzar en el tiempo hasta llegar a su final definitivo.

Así llegamos al 16 de enero de 1992, día en que el Acuerdo de Paz se suscribió en México ante los ojos del mundo. Hay que destacar aquí un hecho que representa el giro mayor que ha experimentado nuestra historia contemporánea: en 1932, la voz real de la población fue desoída de plano, y así se pidieron imponer los intereses más oscuros del poder; en 1992, la población hizo valer su racionalidad intrínseca, y la patética conflictividad llevada a sus límites más extremos acabó desembocando en un gesto de armonía, compleja pero irreversible, que fue lo que la población nacional posibilitó con su actitud de no volcarse a favor de ninguno de los bandos. Ante eso, es legítimo y necesario preguntarse: ¿Hemos entrado en una nueva era evolutiva, destinada a superar abiertamente todas las anteriores? Y la respuesta más razonable es: Sí, justamente vamos hoy por ahí, ya con mucho a nuestro favor.

En este preciso momento histórico, que es una coyuntura fuera de lo común en todas las latitudes y prácticamente en todos los países, El Salvador, que a lo largo del tiempo vivió en la invisibilidad internacional, está ahora en el ojo global, viviendo una presencia que con frecuencia resulta inverosímil. Nuestra gente, que siempre ha sido el sujeto máximo –al frente o detrás del escenario– a través de las más diversas vicisitudes, tiene cada vez más conciencia de su rol, y esa es la mejor inversión de futuro.

Nos encontramos, pues, en los primeros metros del nuevo año, que lleva un nombre muy revelador: 2020, la visibilidad perfecta. Apresurémonos, entonces, a entrar en acción sin perder ni un solo minuto. El Salvador avanza con voluntad sin precedentes, y así hay que seguir, sean cuales fueren las alternativas y las dificultades que vengan. Que el futuro nos acoja como a sus más fieles devotos. 2020 tiene vocación de horizonte.

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