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Vacaciones agostinas

Cuando pienso en los primeros días de agosto lo primero que se me viene a la mente es el paisaje campesino con sus nublados casi permanentes, entre los cuales se colaba de pronto el Padre Sol con su cauda de destellos incandescentes.
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 Aunque mi presencia en el campo era en aquellos años casi constante, al menos en los fines de semana y los períodos vacacionales, agosto tenía un encanto especial, porque representaba de manera de seguro más consciente el encuentro silvestre con la lluvia. Llovía casi a diario; y en los momentos en que apenas lloviznaba o cernía, yo sigilosamente me escapaba de la casa familiar, una construcción de adobe sin ningún adorno externo salvo la envolvente enredadera de flores anaranjadas que cubría el tejado, y salía a caminar sobre la hierba húmeda y entre los árboles perlados de gotas. Momentos para la contemplación inocente, con las colinas alrededor y unas cuantas casitas dispersas en los entornos. Alguna tarde había crepúsculo realmente visible, y entonces me iba a refugiar en un cobertizo apartado, para ver desde ahí los inocentes cambios de la luz. Pepino y Corsario, los perros de entonces, estaban siempre alrededor. Y de pronto la voz de la Señora María me advertía desde la cocina de leña: “Niño José, no se vaya a meter entre el zacate porque lo puede picar algún bicho malo... Mejor vaya para adentro a rezarle al Salvador del Mundo... Hoy es su día...”

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