¿Vale la pena votar nulo?

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Un síntoma de la crisis política que vivimos, tanto respecto a los partidos políticos como al desempeño de los diputados, es el incremento de las voces que llaman al voto nulo.

Invitar al voto nulo ha sido un instrumento político cuyo uso ha variado según los panoramas y las situaciones que la sociedad enfrenta: en el pasado reciente, la izquierda armada utilizó este recurso para invalidar las elecciones en medio de la guerra civil, por cierto con muy poco éxito; a principios de los sesenta, la oposición pretendió boicotear la primera elección presidencial del PCN con iguales resultados, simplemente porque en ambos casos una sustancial mayoría concurrió a las urnas; el único caso de éxito (parcial) que recuerdo fue el caso de la Unión Nacional Opositora (UNO) que en las legislativas de 1984, frente a la maniobra del Consejo Central de Elecciones de anular la planilla de San Salvador para diputados, convocó a la población del departamento a anular el voto, el resultado fue que la gente acudió a las urnas, pero más de la mitad de los votantes anularon su voto, en una muestra de rechazo al régimen militar y a su fraudulenta conducta; a pesar de ello, la autoridad electoral declaró que los votos nulos no contaban y adjudicó las curules al PCN y a otro partido menor, violando la letra y el espíritu de la Ley Electoral de la época. En general, la efectividad del llamado a la anulación del voto solo muy pocas veces se muestra efectivo y eficiente, aunque puede tener un grado de utilidad como denuncia de una crisis política.

En el caso de la presente elección, el panorama de crisis es evidente respecto a la legitimidad tanto de los partidos políticos como de la Asamblea Legislativa (últimos dos lugares de confianza de la población); sin embargo, no creo que la crisis haya tocado fondo; y es prematuro compararla con los recientes eventos de nuestro vecinos, Guatemala y Honduras, en los que la indignación popular estalló en amplias movilizaciones generadas por hechos escandalosos de corrupción y encubrimiento (Guatemala) y por el de golpe de Estado y posterior fraude electoral (Honduras).

Nuestra crisis tiene perfiles menos claros y carece del “evento” coyuntural que desate la movilización popular; pero, tiene raíces más profundas, pues tanto el sistema de partidos políticos como el Legislativo presentan claros síntomas de una crisis estructural, cuyos signos externos de corrupción, ineficacia, patrimonialismo y otros son conocidos, pero aún no se percibe cómo erradicarlos, dado que el sistema bipartidista post Acuerdos de Paz (FMLN-ARENA) presenta características de institucionalización mucho más desarrolladas que las del sistema partidario de Guatemala y del tradicional hondureño que ya había sido fracturado por el efímero triunfo electoral del presidente Zelaya (2006-2009).

Creo que, por el momento solo quisiera dejar en claro:

1. - El voto ya sea en blanco o explicitando el rechazo a los partidos y candidatos es un acto soberano y legítimo del ciudadano y en ningún caso debe ser contado como voto válido, pues no se puede adjudicar a ningún partido ni candidato.

2. Dadas las condiciones políticas actuales, el voto nulo ni favorece ni desfavorece a los partidos políticos y no creo sea posible una masiva anulación del voto por parte del electorado; pueda que crezca un poco respecto a elecciones anteriores, pero será ampliamente minoritario y le permitirá a los partidos y el gobierno declarar el “triunfo de la democracia” y negarse a actuar frente a la profunda crisis política que tenemos.

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