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Valor del voto en la nueva democracia

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Ernesto Segura A. Coautor de El País que Viene

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Me fui de El Salvador para Francia en 2008 para comenzar estudios universitarios y me quedé. Desde que empecé el último año de bachillerato tenía la convicción de salir del país. Al encontrarle gusto a la vida aquí, fui considerando cada vez menos la posibilidad de volver en el corto plazo. Este sentimiento se incrementó también por un corto período que viví en República Checa. Actualmente, me considero afortunado por esas experiencias y porque tengo una situación profesional que difícilmente habría conseguido a esta altura en El Salvador. Son capítulos en mi recorrido que me han hecho observar, con ojo externo, un funcionamiento político-social muy exigente y riguroso en cuanto al contenido de propuestas políticas.

Se trata de países donde la democracia está arraigada a la sociedad y a la cultura. El sistema en estos dos países es naturalmente pluralista. Ecologistas, liberales, proeuropeos, progresistas, euroescépticos, socialdemócratas, comunistas, entre otros, cohabitan en la esfera que cada régimen les proporciona. Los actores de cada bando tienen espacio de participación y para la rendición de cuentas.

Una costumbre muy particular en cada uno de estos países es que luego de una elección presidencial, los parlamentarios votan por “concederle confianza” al presidente recién electo y a sus ministros. Si no obtienen la mayoría de los votos favorables, se ponen en situaciones delicadas; por ejemplo, la composición del gobierno podría verse afectada y cada una de las cámaras puede igualmente cambiar de configuración. Esto tendría repercusiones inmensas no solamente para el partido que ha ganado, sino que también para la organización del Estado, la diplomacia, la educación, la salud pública y otros sectores. Esto obliga a los parlamentarios a estar absolutamente informados acerca de los programas, sobre los miembros del gabinete y las intenciones políticas. Y es un claro ejemplo del impacto que el voto puede tener en el cotidiano.

De igual manera, los ciudadanos tienen a disposición muchas maneras de informarse sobre las propuestas y trayectorias no solo de los candidatos a diputados, a senadores y a presidente, también de los posibles designados en los ministerios. Muchos análisis se generan en conversaciones cotidianas, en los medios de comunicación, en redes sociales que les ayudan a formarse una opinión propia sobre las propuestas.

Las mismas instituciones promueven la difusión de todos los programas durante la campaña electoral. Por ejemplo, en Francia, es el Estado el principal promotor de todas las “profesiones de fe” de cada candidato. La televisión pública da espacio publicitario igualitario en tiempo a cada aspirante y la prefectura (una institución de administración territorial) se encarga de la preparación y del envío de los programas impresos a las casas de los votantes. Un dirigente de estas instituciones no puede cargar dados, ni desequilibrar la balanza solo porque se opone a ideas profesadas por un partido.

Si queremos que nuestras elecciones dejen de ser concursos de popularidad estilo reina de belleza (sin querer ofender a nadie), no podemos dejar de informarnos sobre las principales proposiciones y analizar si son factibles. Tampoco es adecuado dejar de exigir propuestas que originen progreso social y desarrollo económico.

Los que estamos fuera del país no hemos contado hasta hace poco en los procesos electorales. Ahora que empiezan a abrirse para incluirnos, nos toca aprovechar. Y debemos hacerlo con criterio.

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