Vamos más allá de la tregua

La semana pasada, en que la tregua entre pandillas cumplió un año, recordamos esta iniciativa como algo inédito, una inédita reducción de violencia. Inédita es la palabra con la que yo también me quedo. Una tregua de la que lo único que celebro es la reducción de homicidios, que no es cosa sencilla y mucho menos despreciable.
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Lo que no me gusta de la tregua es el absolutismo. No porque los funcionarios asuman públicamente que esta es la solución a toda la violencia en la que vive nuestro país. Ciertamente ministros, viceministros, directores y mediadores han gastado suficientes discursos en decir que no es suficiente, que solo es un paso para avanzar.

Sin embargo, no hay nada más que eso: palabras. Ninguna otra acción me demuestra que se está haciendo algo para acompañar este esfuerzo de la tregua. Ninguno. No veo de qué forma estamos buscando cómo evitar que las extorsiones continúen. Por ejemplo.

“Los pandilleros no han querido tratar el tema de las extorsiones porque de eso viven, así mantienen a sus familias”, aseguró el ministro de Seguridad, David Munguía Payés.

¿Qué está haciendo este Gobierno para buscar otras formas de supervivencia de los pandilleros, que no sea delinquir? La frase de Munguía sabe a resignación, a justificación.

En esa misma línea, pregunto, qué hacen las autoridades para evitar que los jóvenes sean o acosados o seducidos en sus centros escolares por las pandillas. Entre otras cosas.

No creo que la duda y la precaución sean solo mías. La más reciente encuesta de LPG Datos refleja que el 55 % de la población tiene una opinión negativa sobre la tregua.

Y yo creo que tiene lógica, no todo puede ser vanagloriarse cuando las extorsiones siguen afectando a la gente. Muchas personas, entre ellas algunos conocidos míos, viven más o menos angustiados porque cada semana o cada mes tienen que entregar su “aporte”. No solo porque tienen que reunir el dinero, sino porque maniobran con el estado de ánimo de quien llega a “rentearlos” hasta la puerta de la casa.

Tampoco puede ser todo felicidad porque el hallazgo de osamentas enterradas o semienterradas ha aumentado en un 81 %, según las mismas autoridades.

Sí, puede que no tengamos otra alternativa para detener la violencia en este país, como dijo Antonio Cabrales, presidente de Fundación Humanitaria, que busca recursos para apoyar la tregua. Puede que no las tengamos, pero entonces, es tiempo de acompañar esta “única” alternativa con medidas que vayan a la estructura de lo que hace que un joven se una a la pandilla, y que hace que se quede y lo convierta en una forma de vida, por encima de su propio entorno.

Sumamos 12 meses y yo me alegro de documentar menos asesinatos y de ya no tener turnos de fin de semana en los que nos toca sumar fallecidos por decena, pero no puedo dejar de indignarme cuando en las comunidades hay menos líneas amarillas pero igual cantidad de miedo, de riesgo, de sufrimiento y pesar.

Cuando la gente sigue cerrando negocios o frenándose ante la idea de abrir uno. Cuando leo relatos en que los familiares van tres veces por semana a Medicina Legal o visitan cuanto cementerio clandestino reaparece en las noticias. Eso no es sano, ni normal y denota lo enferma que está nuestra sociedad. Sí, tratemos con humanidad a los reos, pero preocupémonos también (y más) por quienes mueven este país con su trabajo honesto.

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