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Varias razones para el terremoto político del 28-F

La clave bipartidista que marcó a la sociedad cuscatleca durante 30 años se ve desmontada no sólo ni principalmente por la oferta de un oficialismo que no tiene programa de gobierno o ni siquiera unos ejes dogmáticos alrededor del cual reclutar simpatía y afiliación, sino por el agotamiento del contenido político de Arena y del Fmln. Esos dos fenómenos, el rechazo y voto de castigo a los dos partidos ex oficialistas así como el ascenso de Bukele merced a una propuesta hueca de contenido pero pródiga en estética, alcanzaron su cenit ayer.

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Las elecciones legislativas y municipales 2021 se cerraron con un aumento en el porcentaje del padrón que decidió participar en el proceso electoral y con una recomposición dramática del parlamento. La jornada incluyó el innecesario e ilegal protagonismo del presidente de la República, que violó el silencio que mandata la Ley para solicitar el voto a favor del oficialismo a ciencia y paciencia de las autoridades contraloras.

El capital político del recién fundado partido Nuevas Ideas es un fenómeno alrededor del cual cabrán análisis y reflexiones en los próximos meses; será imposible entenderlo sin aludir al fin del bipartidismo que dominó la posguerra salvadoreña. La clave bipartidista que marcó a la sociedad cuscatleca durante 30 años se ve desmontada no sólo ni principalmente por la oferta de un oficialismo que no tiene programa de gobierno o ni siquiera unos ejes dogmáticos alrededor del cual reclutar simpatía y afiliación, sino por el agotamiento del contenido político de ARENA y del FMLN.

Esos dos fenómenos, el rechazo y voto de castigo a los dos partidos exoficialistas así como el ascenso de Bukele merced a una propuesta hueca de contenido pero pródiga en estética, alcanzaron su cenit ayer. No hay modo de matizar el terremoto político del 28 de febrero y hacerlo sería un error para investigadores y analistas.

La insatisfacción de un amplio sector de la población con el desempeño de las hasta ayer fuerzas partidarias más importantes en la administración de la cosa pública ya se había manifestado en la elección presidencial de 2019; ni siquiera los visos de corrupción del gabinete a propósito de la pandemia disuadieron a la población de entregarle más poder a un régimen que exhibió peligrosos rasgos despóticos en el último semestre. La convicción de sacar de la esfera decisoria a ARENA y el FMLN pudo más.

Superando el triunfalismo de la coalición de Nuevas Ideas y sus satélites, hay un signo novedoso de esta época: la politización de la sociedad, que nos describe a una ciudadanía más interesada en la discusión de la cosa pública, acaso no tan cultivada en los temas más complejos y definitivamente incipiente en la ponderación de los beneficios de la democracia pero activa. Lo que se registró ayer no es obra del voto duro de los dos bloques históricos, sino de la participación de un sector poblacional más volátil que se ha mudado nuevamente por esta opción, más la incorporación al padrón de nuevos votantes.

Si la energía social que se tradujo ayer en una participación importante en las urnas se fortalece, si no se reduce a mero entusiasmo electoral y se establece como conciencia cívica, como fuerza contralora ante el ejercicio gubernamental, entonces la democracia tendrá depósito que la defienda en este trance: la operación de un movimiento político sin corazón ideológico, mero instrumento de acumulación de poder de un presidente intolerante.

La expectativa de la población no ha cambiado: así como confió en los dos partidos ayer relegados a segundo plano, confía ahora en el oficialismo, y le entrega el control de una importante porción del Estado. Deponer su agenda antidemocrática, su reticencia ante la transparencia y la contraloría es imperativo para Bukele y su círculo si aspiran a contar con gobernabilidad en sentido democrático de la palabra, no valiéndose del control del brazo represivo y punitivo del sistema.

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