Veamos el presente con optimismo y el futuro con esperanza. No hacerlo es apostarle al fracaso

El optimismo y la esperanza están siempre aguardando en un rincón de la bodega mental, como abonos benéficos. Y no se pierde nada con decidirse a usarlos en los arriates que nos corresponden. Por el contrario, su uso inteligente y diligente promueve el buen destino de la tierra disponible.
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La realidad es el único factor ineludible en la vida. Y si es así, lo razonable consiste en hacer en todo momento y circunstancia los debidos análisis del fenómeno real, tanto en lo que se refiere al destino personal como a la suerte colectiva. En nuestros días, la expansión global se nos ha vuelto a todos una presencia cada vez más invasora. El ejemplo típico de ello está en la explosión de las comunicaciones virtuales. Antes, los seres humanos vivíamos confinados en nuestros pequeños espacios, y para saber del mundo había que esperar la palpitación de los teletipos. Hoy, el acontecer universal lo tenemos a la mano en pequeñísimas pantallas, al minuto. Somos seres universales, independientemente de donde estemos. Nadie pudo imaginar un cambio semejante, y en tan poco tiempo. Y si es así, sabrá Dios lo que nos trae el día de mañana.

En un escenario como ese, las actitudes se vuelven aún más decisivas. La negatividad asume proporciones contaminadoras ilimitadas; y la positividad puede ser capaz de irradiar hacia todos los entornos disponibles. Esto es algo que los salvadoreños debemos tener presente cada vez con más conciencia y atención. Pongámonos en condición anímica de hacerlo, aunque haya tantas adversidades alrededor y sea tan escaso el número de estímulos para tener confianza en el presente y fe en el futuro.

Optimismo y esperanza. Difícil, ¿verdad? Sí, difícil pero necesario; y más que necesario, insoslayable. En primer término, refirámonos al optimismo. El Diccionario de la Lengua, en la forma escueta que le caracteriza, define optimismo como “propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más favorable”; y, en perfecto contraste, define pesimismo como “propensión a ver y juzgar las cosas por el lado más desfavorable”. Alguien podría decir: ninguna de esas dos actitudes puede estar en lo cierto; busquemos el término medio. Y dicho término apunta de inmediato hacia lo que se llama realismo, que según el mismo Diccionario es “forma de presentar las cosas tal como son, sin suavizarlas ni exagerarlas”. La pregunta que queda es: ¿Cómo y por dónde llegar al realismo? Y aquí hay que tomar en cuenta el contenido y la inspiración de las actitudes. Una actitud pesimista normalmente se enrosca en sí misma y no quiere llegar a ninguna parte; en cambio, una actitud optimista es por naturaleza más proclive a abrirse a las mutaciones de la realidad. El pesimista, enojado, se enconcha; el optimista, anhelante, se anima. Esto último es realista.

Esperanza. Es la fe en que hay horizonte, y en que a diario por ese horizonte asoma la luz, como un foco radiante o como un destello entre la bruma. No faltará el que recuerde que hay una frase coloquial que reza: la esperanza mantiene al tonto. Pero eso no desvaloriza a la esperanza sino que pone en evidencia al que quiere vivir de ella. Lo que hay que hacer en verdad es convivir con la esperanza, para que la esperanza fertilice los sembradíos del vivir. Dice el Diccionario que esperanza es “estado del ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos”. Y si lo que deseamos se nos presenta como posible, ya en tal actitud va implícita la posibilidad de realizar el deseo. Y de eso se trata.

Aunque todo parezca conspirar para que el optimismo se retraiga y para que la esperanza se marchite, la misma lógica del vivir debe hacer que nos sintamos convocados a no descartar el optimismo y a no renunciar a la esperanza. La vida es como un jardín, que necesita fertilización a diario. Si en vez de fertilizarlo le regamos cascajo, no habrá posibilidad alguna de obtener flores ni frutos. Es lo que enseña la razón elemental. El optimismo y la esperanza están siempre aguardando en un rincón de la bodega mental, como abonos benéficos. Y no se pierde nada con decidirse a usarlos en los arriates que nos corresponden. Por el contrario, su uso inteligente y diligente promueve el buen destino de la tierra disponible.

El problema principal es que el pesimismo y la desesperanza se vuelven adictivos, porque las perversiones del ánima se valen de todo para prevalecer. No dejemos que eso ocurra con el destino personal, que es al final de cuentas lo único que tenemos como seres de presencia y de trascendencia. Es cuestión de voluntad alerta y de propósito visionario. Al final del día, cuando las sombras se incorporen en el horizonte, contaremos apenas con la lamparita que hayamos encendido en el curso del trayecto vital.

El optimismo es aceite y la esperanza es mecha. Sólo esperan que les acerquemos la llamita de la buena fe. Todo lo demás viene por animosa añadidura.

Tags:

  • optimismo
  • esperanza
  • vida
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