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Ven, Espíritu Santo

Hace dos semanas celebramos la fiesta de Pentecostés: Cuando el Espíritu Santo descendió sobre la Virgen y los Apóstoles.
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“El mundo tiene necesidad de hombres y mujeres no cerrados, sino llenos de Espíritu Santo que luchen contra el pecado y la corrupción”, dijo el papa Francisco en una homilía.

“El mundo tiene necesidad del valor, de la esperanza, de la fe y de la perseverancia de los discípulos de Cristo. El mundo necesita los frutos del Espíritu Santo” que son “amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí”.

Por ello, el don del Espíritu Santo ha sido dado en abundancia a la Iglesia y a cada uno de nosotros: para que podamos vivir con fe genuina y caridad operante, para que podamos difundir la semilla de la reconciliación y de la paz.

De tal forma que, reforzados por el Espíritu Santo y por sus múltiples dones, lleguemos a ser capaces de luchar, sin concesión alguna, contra el pecado y la corrupción. Y dedicarnos con paciente perseverancia a las obras de la justicia y de la paz.

A los Apóstoles, incapaces de soportar el escándalo de la pasión de su Maestro, el Espíritu les dará una nueva clave para introducirles en la verdad y en la belleza del evento de la salvación. Y ya no se avergonzarán de ser discípulos de Cristo, ya no temblarán ante los tribunales humanos.

El Evangelio dice: “En la mañana de Pentecostés, la efusión se produce de manera fragorosa, como un viento que se abate impetuoso sobre la casa e irrumpe en las mentes y en los corazones de los Apóstoles”. Y, “en consecuencia reciben una energía tal que los empuja a anunciar en diversos idiomas el evento de la resurrección de Cristo”.

Hoy de modo especial, el Espíritu actúa, en las personas y en las comunidades que están colmadas de Él: guía hasta la verdad plena, renueva la tierra y da sus frutos.

Gracias al soplo del Espíritu “comprenden los Apóstoles ‘toda la verdad’, esto es: que la muerte de Jesús no es su derrota, sino la expresión extrema del amor de Dios” y que por tanto se trata del amor que en la Resurrección vence a la muerte y exalta a Jesús como el Viviente, el Señor, el Redentor del hombre, de la historia y del mundo”. En definitiva, “se convierte en la Buena Noticia que se debe anunciar a todos”.

Este don “renueva la tierra”, y el Espíritu Santo que Cristo junto con el Padre ha enviado desde allí, y el Espíritu Creador que ha dado vida a cada cosa, son uno y el mismo.

En la carta a los Gálatas, San Pablo muestra cuál es el ‘fruto’ que se manifiesta en la vida de aquellos que caminan según el Espíritu. Por un lado está la ‘carne’, acompañada por sus vicios que el Apóstol nombra, y que son las obras del hombre egoísta, cerrado a la acción de la gracia de Dios. En cambio, en el hombre que con fe deja que el Espíritu de Dios irrumpa en él, florecen los dones divinos, que San Pablo llama ‘fruto del Espíritu’.

Pero el Espíritu Santo debe apoyarse en una persona humana recia, piadosa, recta, honrada y eficaz. No pensemos que se podría construir nada bueno en unos cimientos malos, flojos. El individuo debe poner de su parte toda su humanidad, para que el Espíritu Santo pueda asentarse en su alma. Para ello debe purificarse por el sacramento de la Confesión y por la Penitencia.

Clamemos: “Ven, Espíritu Santo”, y tratemos de vivir como verdaderos cristianos.

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