Vencen, pero no convencen

El título de esta columna, “Vencen, pero no convencen”, es una lapidaria frase que don Miguel de Unamuno, escritor español, de la Generación del 98, pronunció en 1936 contra aquellos que, portando armas, hicieron prevalecer su discurso durante la época prefranquista.
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Vencen, pero no convencen

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 Estas palabras han sobrevivido a través de los años y son aplicadas en diferentes circunstancias hasta nuestros días. Ahora podemos volverlas propias con el fin de hacernos escuchar, aun reconociendo la crónica sordera de nuestros gobernantes de los últimos años.

Nos seguimos preguntando acerca de lo que pasa durante las contiendas electorales; los que se proclaman vencedores no consiguen satisfacer las expectativas, ni siquiera las de sus propios seguidores. En otras palabras, vencen, pero no convencen. En este momento, el país es víctima de un vía crucis que, como efecto de misticismo dogmático, puede acabar en crucifixión.

Si los sexagenarios de hoy queremos una patria mejor para el resto de nuestras vidas, también la reclaman nuestros jóvenes, quienes aspiran a una larga vida en armonía social y libertad. Pero qué se puede hacer dentro de una indiferente sociedad cómplice en la que las iglesias se enorgullecen más por su ostentosa riqueza que por la calidad de los mensajes de sus pastores.

Hemos caído en el vórtice de un desorden social y los “vencedores“ políticos, interesados más en su bienestar personal que en el servicio a la ciudadanía, consiguen sustanciales beneficios económicos que no pueden procurarse por otros medios que no sean los que les permite la política.

Mientras tanto, nosotros, los salvadoreños, esperamos pasivamente hasta que llega un nuevo período electoral y dejamos que la historia se repita.

Recordemos a ciertos diputados, mal llamados “padres de la patria” –apelativo que a estas alturas resulta bochornoso y sarcástico–, han sido reclamados por la justicia por aparecer vinculados con el cometimiento de actos ilícitos relacionados con el tráfico de drogas o lavado de activos. ¿Adónde llegaremos con personajes de esta calaña?

El número de salvadoreños que mueren asesinados se incrementa día a día, activando un insensible conteo de vidas humanas sin que nuestros gobernantes se inmuten o al menos muestren un poco de preocupación por lo que está ocurriendo. Se limitan a hacer promesas que, todos sabemos de antemano, nunca serán cumplidas: que todo cambiará, que se está trabajando intensamente y otras gastadas frases que venimos escuchando en los últimos años, sin que se vislumbre el mínimo alivio de esta agobiante situación.

Mientras los que exponen su vida en la lucha contra el crimen, los agentes de la Policía y los soldados que los apoyan, no experimentan mejoras en sus condiciones laborales.

Podríamos preguntarnos: ¿Es que no hay salida? ¿Habrá alguien que quiera y que pueda enderezar el rumbo de nuestra sangrienta patria? ¿Cómo podríamos deshacernos de esta generación de políticos y funcionarios que carecen de la voluntad, la honestidad, la calidad académica, la formación humana, la capacidad y la actitud que se requieren para sacar a nuestro país de esta podredumbre?

No nos queda otro remedio que ponernos a pensar en los futuros eventos electorales y comenzar a pensar en la selección de ciudadanos honrados no comprometidos con sus partidos sino con la patria y con la gente.

Si los sexagenarios de hoy queremos una patria mejor para el resto de nuestras vidas, también la reclaman nuestros jóvenes, quienes aspiran a una larga vida en armonía social y libertad

Necesitamos urgentemente de ellos antes de que lamentemos, como se lee en aquella estrofa del Dos de Mayo del español Bernardo López: “… y al suelo le falta tierra para cubrir tantas tumbas…”

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