Verdad, justicia y perdón: claves conjuntas para superar las tragedias y los daños vividos

Los crímenes políticos de la preguerra y de la guerra siguen pasándole factura al ánimo nacional y al sistema en que vivimos, y es hora más que sobrada de dejar atrás los lastres que tanto nos pesan desde hace tanto tiempo.
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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Esto sólo podrá darse si tres factores fundamentales para ello se ponen en marcha y avanzan en los hechos de manera suficiente y convincente. Hablamos de la verdad, de la justicia y del perdón.

En una situación tan compleja y enmarañada como la que se dio en nuestro país durante lo que hemos llamado preguerra y desde luego en la guerra misma, los hechos criminales y trágicos fueron sucediéndose sin cesar. Allá en los años 70 del pasado siglo, las dos fuerzas que estaban preparándose para la contienda bélica hacían todo lo que imaginaban que les daba fortaleza, sin escrúpulos ni control. Los crímenes políticos estaban a la orden del día, y eso continuó durante la guerra. Sigue habiendo al respecto muchas zonas oscuras, y por eso la verdad es tan necesaria. Pero una verdad que trate de abarcarlo todo, no sólo las acciones criminales que han tenido más figuración en el tiempo, reconociendo que los crímenes que deben ser desvelados no sólo son masacres y otros asesinatos, sino también secuestros y acciones violatorias del derecho a vivir en paz y en seguridad. Las víctimas son múltiples, y para que la verdad realmente prospere todo debe ser conocido y expuesto.

Pero la verdad, por completa que sea, no basta: se requiere que la justicia vaya haciendo lo suyo en la medida que la verdad pone las cosas en claro. Cuando hay indicios suficientemente sólidos de que se trata de actividades criminales, de cualquier tipo, la justicia tiene que ponerse en marcha, para conducir a la aplicación de las consecuencias legales correspondientes. En lo que se refiere a los crímenes de la preguerra y de la guerra habría que hacer todos los esfuerzos necesarios para que la impunidad no siga siendo la regla, pero hay que lograrlo sin prejuicios ni exclusiones interesadas; y, dado el tiempo transcurrido desde que se dieron aquellos sucesos tan condenables y deplorables, y consideradas las condiciones actuales de nuestro proceso, también hay que activar esquemas de justicia alternativa que resulten verdaderamente funcionales y sirvan para dar respuestas justicieras sin generar más traumatismos.

Por su parte, el perdón debe ser puesto en acción, no para proponer olvido ni para presentar remedios superficiales, sino para producir sanación espiritual, que siempre habilita para seguir adelante sin lastres inútiles. La principal virtud del perdón es que libera a las víctimas de una carga que no tienen por qué llevar encima. El perdón es limpieza interior, dentro del más puro sentido cristiano. Basta con recordar lo que dice el Padre Nuestro: “...perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden...” Y esto no tiene condiciones ni fechas: hay que cumplirlo de inmediato para hacerle honor a un compromiso que es el único que asumimos después de pedirle a Dios tantas cosas en esa oración que es la síntesis de nuestra fe. En esto, como en todo, hay que pasar de las palabras a los hechos.

La verdad, la justicia y el perdón no son ni podrían ser excluyentes entre sí. Cada una de esas acciones tiene su misión definida. La verdad ilumina, la justicia repara, el perdón edifica. Y los tres efectos, debidamente articulados, permiten superar quebrantos y dignificar experiencias. A estas alturas de nuestro proceso, más que hablar de reconciliación hay que impulsar y consolidar la convivencia armoniosa y benéfica. Los salvadoreños construimos la guerra a lo largo de mucho tiempo. La guerra llegó y por extraordinaria fortuna no pudo triunfar como tal. Ahora, en esta nueva fase histórica, nos toca edificar la paz. Hay que limpiar el escenario de todos los escombros acumulados, y comprometerse con la cultura de la limpieza sin excepciones, tanto en lo individual como en lo colectivo. Aunque esto, dadas las condiciones imperantes, pueda parecer utópico, es lo que nos toca hacer, y no hay excusas para evadirlo. La vida nos ha enseñado muchas cosas, y hoy nos toca a nosotros enseñarle a la vida.

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