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Viajando hacia el país de un dictador

Ya El Salvador no es un Estado de Derecho sino una dictadura, en donde el ejército y la policía sirven al déspota presidente.

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José Miguel Fortín Magaña / Médico psiquiatra

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Bienvenidos al país de la sonrisa, la tierra de oportunidades y de gente laboriosa; bienvenidos al reino del pájaro y la nube, donde nadie desfallece y se trabaja en una democracia que florece después de una durísima guerra civil que costó la vida de más de setenta mil salvadoreños... qué tristeza, pero todo esto fue la descripción de nuestra patria, hace ya mucho tiempo. Hoy el reinado del terror del lord tenebroso se ha enseñoreado en el país; y solo están seguros los seguidores del maligno emperador, quien desprecia cuanta norma y ley se le opongan, e insulta a la Asamblea y a la Corte, porque no se pliegan a sus escandalosos caprichos. Uno de tantos es el blindaje que está intentando para acuerpar al director de policía por haber incumplido la ley; y otro es la inconstitucional medida para entrar al país desde el extranjero.

Después de un par de intentos, logré viajar desde Miami hacia El Salvador. A la ida, la línea aérea (no importa el nombre porque todas han sido amenazadas por igual) no puso ninguna traba para abordar hacia los Estados Unidos; simplemente preguntaron si alguien se encontraba con alguna sintomatología y se pidió que los pasajeros usaran mascarilla; pero al regreso, no hubo forma de subir al avión, si no se mostraba la prueba específica que el dictador salvadoreño y su sirviente de CEPA habían ordenado. De nada sirvió que tratara de explicar primero, que la petición era inconstitucional y que ya la Corte Suprema había decretado ilegal que se solicitara la prueba; y de nada valió después, que mostrara una prueba realizada por la Universidad de la Florida, en donde se explicaba que se tomó una muestra naso faríngea para la detección del SARS-COV2 y que el resultado era negativo. El tirano exigía que la prueba dijera RT-PCR y si esas siglas no aparecían, nadie en la aerolínea se haría cargo, porque esto representaba, dijeron, una multa de 36 mil dólares.

La disposición ilegal de Bukele y sus esbirros cuesta a los viajeros diariamente varios miles de dólares, destruye la paupérrima industria turística del país y evidencia que ya El Salvador no es un Estado de Derecho sino una dictadura, en donde el ejército y la policía sirven al déspota presidente y el fiscal ha decidido no obedecer una orden directa de la Sala Constitucional de la Corte. El licenciado Melara, en un nuevo intento por lavarse las manos y no parar de tajo el manifiesto totalitarismo del engendro de Calígula y Nerón, ha dicho que está estudiando si el primer empleado de la República y jefe de Anliker está obligando a las líneas aéreas a actuar como lo hacen; pero para eso bastaría con que salga de paseo (alguien dice que lo acaba de hacer en Washington) y le pregunte a cualquiera de los dependientes en los aeropuertos, por qué no dejan viajar a los salvadoreños sin la dichosa prueba. Sin embargo, no hay peor ciego que el que no quiera ver; y ese es el caso del fiscal Melara, quien igual que muchos diputados, acaso por miedo, sigue permitiendo que el déspota vomite odio y desatienda la Constitución. Así lo ha hecho también el director de la Policía Nacional Civil, quien hoy es un cómplice del dictador y por ello es aplaudido por gente de la calaña de Walterio Araujo y premiado con el fuero, por el mismísimo tirano, contraviniendo con esto, una vez más, el espíritu de la ley.

Si alguien piensa que ya llegamos al fondo de la caldera, se equivoca de tajo. Pronto, después de las elecciones, veremos el aumento de impuestos, tarifas, arbitrariedades y el imperio de la oscuridad que se enseñoreará por algún tiempo en nuestra Tierra. Después, cuando la tribulación termine, con la ayuda de Dios volverá la calma; y los cobardes que hoy callaron, junto a los malvados que secuestraron al país, pagarán las consecuencias de sus actos. Que el Todo Poderoso nos permita resistir hasta ese día.

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