Vidas paralelas: Martí y Martínez

Dos hombres emblemáticos del país cruzaron su destino durante los sucesos de enero de 1932, que culminaron con la represión de una insurrección indígena en la región de los Izalcos que sesgó la vida a entre 10,000 y 30,000 campesinos, según diversas fuentes.
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Al parecer, ambos fueron víctimas de las circunstancias. La forza del destino, esa magistral ópera de Giuseppe Verdi, es su guion vital.

Ni Maximiliano Hernández Martínez estaba dispuesto a asumir la presidencia después del golpe de Estado del 2 de diciembre de 1931, ni Farabundo Martí estaba convencido de un triunfo de la insurrección campesina del 22 de enero de 1932, que acabó en una debacle militar para los insurrectos.

En 1931, fue elegido presidente de la República el ingeniero Arturo Araujo. Lo apoya el Movimiento Vitalista de Alberto Masferrer así como el partido “Pro-Patria” del teósofo general Maximiliano Hernández Martínez.

Bajo este contexto se funda el domingo 28 de marzo de 1930 a las orillas del lago de Ilopango el Partido Comunista de El Salvador (PCS).

La crisis mundial del capitalismo, con el “crash” de la Bolsa de Nueva York en 1929, había provocado la caída de los precios del café. Por otro lado, en los años veinte la región centroamericana experimentó una vigorosa agitación estudiantil, sindical y campesina. El modelo económico de monocultivo del café hizo crisis a partir de la baja de los precios del café en el mercado internacional, generando una crisis económica con consecuencias de hambre y desempleo.

La situación de extrema miseria a que se vio abocado el pueblo siguió alimentando las protestas populares de forma que, el 22 de enero, se inició una insurrección popular organizada por el PCS pero que, en la práctica, representó la última manifestación de la población indígena en contra de las injusticias padecidas desde la colonización y el arrebato de sus tierras comunales en 1881.

Algunos lugares donde se dieron los levantamientos, como Santa Tecla, Colón, Izalco, Armenia, Nahuizalco y Juayúa, eran lugares en los que se concentraba la población indígena y, a la vez, eran los lugares más golpeados por la crisis de la caída de los precios del café.

El 1.º de febrero de 1932 caerá fusilado en el Cementerio General de los Ilustres Farabundo Martí, cuya condena a muerte es ratificada por Hernández Martínez. Murió con el pecho descubierto gritando “Viva el Socorro Rojo Internacional”, al cual pertenecía, junto con los universitarios Alfonso Luna y Mario Zapata. También perecieron los otros dirigentes de la rebelión, Feliciano Ama, líder indígena de Izalco, y Francisco Sánchez, que dirigió el levantamiento de Juayúa.

Desde el 32 comienza la saga de los gobiernos militares al servicio de la oligarquía terrateniente, en una especie de división del trabajo para dominar a los sectores populares. Mientras los militares monopolizaban el poder político, la oligarquía controlaba el poder económico, en un tándem que no se quiebra hasta la década de los ochenta del siglo XX con el inicio de una guerra civil que será finalizada el 16 de enero de 1992 con los Acuerdos de Paz, en Chapultepec, México.

El espectro de Martí y Martínez en dichos Acuerdos de Paz es evidente: el FMLN y el gobierno de ARENA son los herederos, hasta ese 1992, del legado histórico de ambos protagonistas.

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