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Vidas sencillas, historias grandes

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Por Aleyda Méndez Coautora de “El país que viene”

Un sábado por la mañana, entre el azul intenso del cielo y amarillo energía, en la zona costera de la playa San Diego, La Libertad, conocí a una familia. Había 10 niños, estaban en su casa sencilla de cuatro láminas, acompañados de algunos animales domésticos (en su mayoría perritos). Los niños jugaban en una cancha simulada de fútbol que al correr subía algo parecido a neblina pero realmente era un mar de polvo. Recuerdo este día con mucha melancolía, algo pasó en mí, una emoción, no pude dormir pensando en qué día más espectacular había vivido y qué podía hacer para ayudar. ¡Qué impaciencia! Quería que fuera sábado nuevamente y regresar.

Las visitas a esta familia se hicieron frecuentes y con muchos amigos iniciamos la aventura de ayudar. Fundamos con mi familia la Organización Cristiana Guardianes de Vida. Nacieron proyectos de educación, salud y ayuda comunitaria. La gente de la comunidad se acercaba a nosotros y solamente teníamos el deseo grande de hacer algo, energías, voluntarios y formas de gestionar fondos.

Algo estaba haciendo mal, el proyecto crecía y no podía hacerlo sostenible. Estaba frustrada nuevamente, ¿qué hice mal?, me preguntaba; tenía la práctica, el deseo, y no era suficiente, me hacía falta la técnica. Por bendición fui invitada a participar en el proyecto de jóvenes realizado por Alianza Joven Regional USAID-SICA Jóvenes Contra la Violencia; había sido elegida como parte de 10 coordinadores. Ya que la política no estaba en mis planes pero sí en los de Dios, Jóvenes Contra la Violencia era una organización juvenil con una visión no solamente nacional, sino regional. En este espacio descubrí que estaba haciendo emprendimiento social, liderando y realizando acciones de prevención de la violencia, prácticamente haciendo política, y no lo sabía.

Debido a la polarización que hay en nuestro país, hablar de política es hablar de izquierda o derecha, siendo la concepción diferente. La política es realmente el servicio y la administración correcta de los fondos para la ejecución de proyectos a favor de los ciudadanos. El reto de la juventud salvadoreña es trabajar en conjunto con una visión de impacto colectivo, ¿pero cómo logramos esto? A través de una actitud propositiva y no conformista. Para que los jóvenes seamos escuchados, debemos buscar espacios de participación ciudadana en los que expongamos nuestras ideas conforme a la realidad a la que nos enfrentamos y vivimos.

Tenemos un problema claro por solucionar a largo plazo: la violencia. No dudo de que se están haciendo los esfuerzos, la juventud está trabajando en pro de la paz; ahora es cuando todos los actores de la sociedad debemos unirnos y luchar por el objetivo común: fortalecer las políticas públicas, recuperación de espacio públicos, el valor y la importancia del voluntariado y la responsabilidad social, así como el apoyo de la empresa privada y de la sociedad civil para luchar por vivir en comunidades seguras y dignas.

“No podemos trabajar solos”. Esta frase la decimos cuando hacemos un ejercicio con los jóvenes en las comunidades realizando una pulsera hecha de lana como símbolo de compromiso por prevenir la violencia. No podemos retroceder, ya hemos avanzado mucho, el horizonte está cerca y los elementos que nos permitirán alcanzar el objetivo están a nuestro favor, gracias a la pasión y al compromiso de la juventud organizada. No hay impacto social sin cambios comunitarios.

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