Viernes Santo: una pausa para hacer que la espiritualidad se haga sentir en cada uno de nosotros

Hagamos de este día un oasis de buenos propósitos en medio de las arideces de la cotidianidad. Una refrescante visión de país es lo mejor que puede pasarnos.
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La aceleración casi asfixiante del vivir cotidiano en estos tiempos ha venido restándole espacios al recogimiento espiritual tan necesario para que la vida no sólo tenga sentido sino también horizonte. En nuestro país, lo que hemos vivido en las décadas más recientes ha trastornado de manera intensiva nuestras prácticas normales en el día a día; y si a eso se suma el galopante consumismo que se va apoderando de todos los espacios personales, familiares y sociales, lo que tenemos es un panorama cada vez más estrecho para realizar de veras el destino que a todos y a cada uno de nosotros nos corresponde, como individuos y como ciudadanos.

Por eso es tan necesario y gratificante aprovechar los momentos en que se hace posible tomar siquiera una corta distancia del ajetreado quehacer diario para dedicar aunque sea unas horas a ver hacia adentro, para reencontrarnos en clave meditativa con las energías más profundas de nuestro ser. La Semana Santa ha sido erosionada por la diversión mundana, pero siempre queda algún espacio en el que se puede reanimar la voluntad de hacer algunos ejercicios de reencuentro con la propia espiritualidad, que son tan indispensables no sólo para la salud mental sino también para la salud física, ambas tan amenazadas por las formas de vida que imperan cada vez más en este mundo recargado hasta el agotamiento de gran cantidad de traumas y de inseguridades.

En nuestro país, llevamos décadas padeciendo quebrantos históricos de toda índole. Eso se dramatizó aún más cuando estalló el conflicto bélico en el terreno. Los salvadoreños tuvimos que sobrellevar la guerra, con todas sus depredaciones y sus distorsiones. Luego vino afortunadamente una paz que no fue impuesta por nadie y que abrió la posibilidad real de consolidar la democracia en convivencia pacífica. En ese empeño estamos, pese a que por momentos pueda parecer lo contrario. Y por ello reflexionar sobre la suerte del país, sobre su futuro que es el nuestro y sobre el tipo de energías que es preciso desencadenar para que la sociedad funcione de veras constituye una misión en forma de compromiso.

Precisamente en esa palabra –compromiso– debe centrarse el énfasis de lo que tendría que ser la actitud generalizada de aquí en adelante. El espíritu nacional demanda que todos los connacionales formemos equipo para hacer del país ese proyecto compartido que es la única fórmula capaz de movernos en común hacia el desarrollo en todos los órdenes. Ya no podemos continuar en el desagüe de oportunidades, porque eso es lo que más nos aleja de la paz y del progreso, que son las metas fundamentales de toda modernización.

Urge tomar conciencia plena de que El Salvador es el espacio de vida en el que todos, independientemente de cualquier pertenencia y de cualquier diferencia, tenemos arraigo y tenemos responsabilidad insoslayablemente compartida. Eso es lo primero que habría que potenciar cuanto antes, para que tanto el país como toda su población sean capaces de edificar presente y de habilitar futuro. Pensemos a fondo en esa dimensión de nuestra realidad tanto individual como colectiva, con miras a hacernos partícipes efectivos e identificables de la nacionalidad que nos pertenece y a la que pertenecemos.

Hagamos de este día un oasis de buenos propósitos en medio de las arideces de la cotidianidad. Una refrescante visión de país es lo mejor que puede pasarnos.

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