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Vísperas navideñas

Cada año han venido apareciendo más pronto los símbolos de la Navidad en el ambiente, y esto, que tiene sin duda un componente comercial muy perceptible, también viene impulsado por la necesidad de sentir con más amplitud y prontitud los efluvios de una época del año que se caracteriza por ser apaciguadora e inspiradora al mismo tiempo.
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El símbolo principal de esta conmemoración es la Buena Nueva: Dios está aquí, entre nosotros, y se manifiesta con todas señales de lo humano, comenzando por el nacimiento. Precisamente el nacimiento es la imagen emblemática de la Navidad: un recién nacido en brazos de una mujer sencilla, en la interioridad de un establo, como para enfatizar el misterio de la fecundidad que se reparte hasta en los espacios más humildes. Se hace patente así que la Navidad es la más pura fiesta del espíritu. Y cuando hablamos aquí de espíritu nos referimos tanto al Espíritu trascendental como al espíritu cotidiano, que se juntan en un haz de revelaciones virtuosas. Dios está aquí, y nosotros acudimos a rendirle tributo venturoso, como lo hacían todos aquellos seres que peregrinaban por la ruta de Belén. Ahora Belén es cada estancia que surge en el camino, independientemente de la latitud de que se trate. Y es que en verdad hacemos referencia a la globalización del alma plena, que para más lección se revive en la anónima calma de un pesebre. Estamos en los días finales de noviembre, y la Navidad ya florece entre los frescos soplos del aire veraniego. Asomémonos entonces al establo para integrarnos a la escena. La Madre arrulla al Niño dormido dentro de su seno. Cuando se produzca el nacimiento, todas las campanas de la Naturaleza lo anunciarán a coro.

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