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¡Viva la France...!

Estrategas que implementen planes de nación a corto y mediano plazos. Académicos que apoyen esos planes. Planes con los que logremos erradicar la violencia sin sacrificar nuestra libertad.

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Una consulta en mi clínica propició el grato encuentro con un amigo, quien fue compañero de posgrado en Francia. Inmediatamente al vernos, se nos vino a la memoria las reuniones en la Plaza Bellecour, con aquellos grandes monumentos, los hermosos viñeros en la ruta des vacances, los restaurantes del Vieux Lyon, con aquellas deliciosas cenas gourmet y su exquisito vino Beaujolais Nouveau. No pudimos reprimir decir al mismo tiempo: "¡Viva la France!", expresión que habíamos acostumbrado en aquella época y nos llenaba de nostalgia.

Mi amigo se había quedado en Francia trabajando con Médicos Sin Fronteras. Al preguntarle si continuaba viviendo en París, me contestó: "Siempre voy, pero solo un mes, pues no soporto el frío". Inmediatamente vinieron a mi memoria aquellos eternos y oscuros meses de invierno en Francia. Inviernos combinados con el verano, cuando había algunos pocos meses de sol, pero un sol ardiente, caluroso y sofocante, con una temperatura que te hacía desear nuevamente el frío invierno.

Recordé, también, la humedad de París, la oscuridad de esos días en Lyon, el frío de las playas de Marsella en septiembre, que frustraban cualquier intento de disfrutarlas. En esos días, cada vez que veía un avión surcando el cielo, pensaba en El Salvador, y de pronto te das cuenta de lo mucho que extrañas a esa tierra, que es peligrosa; sí, peligrosa porque solo la tocas y te embruja con su belleza, te atrapa y no la puedes dejar de amar. Aun en esos días que estás harto de tantos problemas, no la quieres dejar. Y si emigras, cada día, y a pesar de los monumentos y las cenas gourmet, ella continúa estando en tu mente y siempre la anhelas tanto. No lo digo solo yo. Lo dicen los que se van a Canadá, a Australia, a Estados Unidos. Incluso, mis amigos franceses que han tenido la oportunidad de estar aquí. Siempre desean regresar.

Muchos amigos han emigrado, y talvez porque están cómodos y tranquilos me preguntan: ¿Y tú, por qué no te vas de El Salvador? Es fácil responder. Solo basta con mirar alrededor y encuentro una razón para no hacerlo: en cada aguacate, en cada mango, en la sonrisa de esos niños chucos de la calle, en estos hombres y mujeres a los que la violencia, el dolor y la angustia no ha logrado arrancar de esta tierra para buscar otros horizontes. A los que emigran los comprendo. Cambian su tierra por tranquilidad. Pero el que se va, añora regresar, y cuando regresa, se quiere ir de nuevo. A eso yo le llamo tener dividido el corazón.

El Salvador es nuestra patria y nos necesita. Debemos quedarnos, pero también debemos cambiar para convertirnos en una gran nación. Por ello, me atrevo a hacer una súplica a los buenos salvadoreños que están en el gobierno, en la oposición, a los empresarios, a los trabajadores o a los simples ciudadanos como yo, o al campesino que tiene la dicha de tener la tierra entre sus manos para trabajarla. A ellos quiero pedirles: Luchemos por unirnos. Luchemos por El Salvador.

Colaboremos, no seamos parte del problema. Pido demasiado, quizás: Pido hombres y mujeres de buena voluntad para educar a nuestros hijos, para hacer crecer la economía, desarrollar la industria. Medios de comunicación con un periodismo responsable. Estrategas que implementen planes de nación a corto y mediano plazos. Académicos que apoyen esos planes. Planes con los que logremos erradicar la violencia sin sacrificar nuestra libertad.

Ni durante la guerra, ni en caos global, ni en estos momentos, he dejado de creer en El Salvador. Tengo esperanza, en su gente, en nosotros que tenemos raíces profundas en esta tierra. La hermosa patria que Dios nos brindó para disfrutar, para amar, y algún día... para morir.

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