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Vivimos un mundo y un país asolados por la irracionalidad, por el odio y por el miedo

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Escritor

Hace unos cuantos días fueron conmemorados 15 años de la tragedia del 11 de septiembre de 2001, cuando el terrorismo internacional golpeó sin piedad a Estados Unidos, la gran nación del Norte, con implicaciones imborrables en todas partes. Fueron cerca de tres mil las víctimas de los atentados, entre ellas dos salvadoreñas, una que viajaba en uno de los aviones que se estrellaron contra las torres y otra que trabajaba en una de esas torres. El efecto del atentado fue terrible, y las consecuencias del mismo cambiaron en gran medida el panorama internacional. Señal inequívocamente dramática de que la globalización es un fenómeno que ha desatado consecuencias de la más variada índole y de las más imprevisibles implicaciones.

Ahora mismo, lo que se ve a lo largo y a lo ancho del mapamundi, y desde luego en nuestro atribulado país, es la proliferación de la violencia multifacética, del fanatismo reciclado y de la inseguridad caótica. Estas son señales crecientemente alarmantes de que se ha propagado al mismo tiempo una especie de indefensión a la que en ninguna parte se le dan los tratamientos y se le habilitan los remedios que serían capaces de revertir las situaciones actuales. Y eso tiende a generar reacciones también fuera de control. El ejemplo gráfico de ello es la fraseología y la gesticulación que dominan la campaña presidencial en Estados Unidos, un país que tiene una prolongada y arraigada experiencia de democracia pacíficamente conducida a lo largo del tiempo.

La pregunta que salta al instante cuando uno se detiene a observar los sucesos actuales y sus sintomatologías es: ¿Qué es lo que tiene así a la humanidad cuando por todos los espectaculares avances de la ciencia y de la tecnología podría esperarse lo contrario? Quizás la respuesta inmediata podría ser: Lo que pasa es que la ciencia y la tecnología avanzan pero la naturaleza humana no parece estar dispuesta a acompañar al ritmo de los tiempos, y ese desfase que más que histórico es existencial produce cortes de electricidad anímica a cada momento y sacudidas temperamentales de la más variada índole. Y esto no reconoce fronteras: igual se da en las zonas más desarrolladas que en los espacios más dejados de la mano de Dios.

Se necesitan reciclajes prácticamente en todos los órdenes de la vida, y tal imperativo viene agudizado desde luego por los trastornos y las agonías que se producen y se reproducen por esas fallas de conexión a las que antes nos referíamos. Hay al respecto una realidad que debería ser manejada como ventaja estratégica puesta aquí por las mismas circunstancias imperantes: el hecho de que nadie, en ninguna parte, puede declararse al margen de lo que pasa. Ya ni por sombra se podría reeditar lo que ocurría en los tiempos de la bipolaridad artificiosa entre las dos superpotencias resultantes de la Segunda Guerra Mundial: Estados Unidos y la Unión Soviética. Entonces se daba por sobreentendido que el poder lo ejercían los poderosos, capaces de dictar y administrar el manual universal de la realidad. Hoy la realidad se mueve a su antojo, y lo hace sin escrúpulos de ninguna índole.

Por todas las rendijas disponibles se cuela lo peor de la naturaleza humana: la irracionalidad, el odio y el miedo en primera fila. ¿Y dónde están las fuerzas del bien, que nunca dejan de existir, pese a todo lo que se les va poniendo enfrente? Aquí, en el interior de cada uno de nosotros, los ciudadanos globales, que contamos con plataformas que hasta hace poco hubieran parecido impensables y por supuesto inusables. La clave está en darle alas, manos y piernas a ese humanismo de nuevo cuño que está esperando turno en cada rincón de la sometida conciencia universal.

Los hechos van ilustrando gráficamente la historia; pero son las voluntades las que hacen historia. Preparémonos, pues, para asumir el reto mayor de nuestro tiempo, que consiste en reconfigurarnos como humanidad puesta al servicio de la vida.

Tags:

  • terrorismo
  • victimas
  • 11 de septiembre

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