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Vosotros, que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor semejante a mi dolor

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P. Fernando Gioia, EP - Heraldos del Evangelio

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Ninguno de sus apóstoles, finalizada la Última Cena, imaginaba que, al salir del Cenáculo, comenzaría el horroroso drama que el mundo jamás haya visto: la Pasión del Hijo de Dios.

Llegados al Huerto de los Olivos, nos relata el Padre Berthe en su libro "Jesucristo, su vida, su pasión y su triunfo" (1902): "La humanidad de Cristo se encontró en presencia de la visión pavorosa del martirio que debía sufrir. Vio pasar delante de sus ojos toda clase de instrumentos de suplicio, cuerdas, azotes, clavos, espinas, cruz, verdugos profiriendo burlas y blasfemias, un populacho delirante hartándole de injurias sin número. Todas las abominaciones y todos los crímenes, desde el pecado de Adán hasta la última maldad cometida por el último de los hombres, se presentaron ante sus ojos y lo oprimieron como si de ellos hubiera sido culpable. Vio millones de pecadores rescatados al precio de su sangre, que le perseguían con sus desprecios y odio encarnizado por toda la duración de los siglos. Los vio haciendo guerra a su Iglesia, pisoteando la Hostia santa, desplazando su Cruz, blasfemando contra su divinidad, degollando a sus hijos y trabajando con toda su fuerza en precipitar al infierno a aquellos mismos por quienes él iba a inmolar su vida".

¡Qué sublime meditación podremos hacer al releer estos elevados pensamientos!

Pero sería opacada si no supiésemos aplicarla a los días que vive el mundo, que vive la Santa Iglesia. Erraríamos si no profundizásemos que "en lo alto de la Cruz, Nuestro Señor Jesucristo no sufrió solo en razón de los ultrajes morales y físicos que le fueron infligidos por sus verdugos. También padeció en previsión de todos los pecados que se cometerían hasta la consumación de los tiempos", según expresaba el doctor Plinio Corrêa de Oliveira, en mayo de 1969. "Entre ellos, acentuaba proféticamente, la trama secreta hecha en poderosos medios católicos para ‘reformar’ la Iglesia –transformándola en una Iglesia desacralizada– que constituyó, ciertamente, uno de los más atroces tormentos de nuestro Divino Redentor. Sí, de Él, que enseñó por su Vida, Pasión y Muerte lo contrario de todos esos errores clamorosos".

Alguno podrá decir que fueron exageraciones del mayor líder católico del siglo XX en el Brasil. Talvez más "exageradas", respondería, han sido las palabras proferidas por el Papa Pablo VI, el 29 de junio de 1972, en la misa de su décimo año de Pontificado. Refiriéndose a la situación de la Iglesia, hace cincuenta años atrás, el Santo Padre afirmaba tener la sensación de que "por alguna hendidura ha entrado el humo de Satanás en el templo de Dios". Veía inquietudes, insatisfacción, confrontación. Consideraba habían llegado "nubes, tormentas, oscuridad e incertidumbre", y concluía –más "exageradamente" diría algún crítico– afirmando: "hubo intervención de un poder adverso. Su nombre es el diablo, este misterioso ser al que también se alude en la Carta de San Pedro".

Cuarenta años después, el Papa Emérito Benedicto XVI manifestaba: "La barca de la Iglesia navega con viento contrario, con tempestades que la amenazan" (11/10/2012).

Tempestades que el Dr. Plinio alertaba –y los citados Papas confirmaban– basado en la denuncia de la famosa revista católica Ecclesia de Madrid (11-01-1972), sobre la actuación de los llamados "grupos proféticos", que pululaban en los ambientes fuera y dentro de las comunidades católicas. Se tenía la impresión que la Iglesia se encontraba como un país socavado por el enemigo, penetrado por adversarios ocultos, sufriendo una infiltración semiclandestina en los más variados organismos católicos –seminarios, universidades, colegios, obras sociales, etcétera–, un pulpo instalado dentro.

"La Iglesia atraviesa hoy un momento de inquietud. Algunos practican la autocrítica, incluso se diría auto demolición", señalaba Pablo VI en 1968. Se difunde una doctrina relativista y evolucionista, repetidas veces condenada por el Magisterio de la Iglesia desde tiempos del Papa San Pío X. Se presenta ante nosotros una especie de "anti-Iglesia".

Así como vemos a Jesús Nuestro Señor en su pasión, cubierto de llagas, coronado de espinas, cargando la Cruz rumbo al Calvario; la crisis de fe que se vive, en los ámbitos de la Santa Iglesia, es como si Ella misma –Cuerpo Místico de Cristo– estuviese pasando por un Vía Crucis. La vemos, desolada, caminando a pasos tambaleantes, con el rostro deformado, maquillada como si fuera un payaso.

A lo largo de los siglos, no fueron pocas las apariciones que anunciaban, con tristeza y dureza de expresiones, los pecados que sobrevendrían y la crisis religiosa que se avecinaría. En las apariciones de La Salette (1846), la Virgen afirmaba a los pastores videntes Maximino y Melania Calvat: "la Iglesia tendrá una crisis espantosa".

Santa María Faustina Kowalska, vidente del Señor de la Misericordia (1931), relata que, durante una adoración nocturna al Santísimo Sacramento, vio "al Señor Jesús atado a una columna, despojado de las vestiduras y enseguida empezó la flagelación. Luego el Señor me dijo estas palabras: Estoy sufriendo un dolor aun mayor del que estás viendo. Enseguida vi cosas terribles: otros hombres se acercaron para flagelar. Eran sacerdotes, religiosos, religiosas, y máximos dignatarios de la Iglesia, lo que me sorprendió mucho, laicos de diversa edad y condición, todos descargaban su ira en el inocente Jesús". Agregando después el Señor: "Ves, he aquí un suplicio mayor que mi muerte".

Hechos todos que profetizaban la crisis que asistimos. Crisis que nos podrá desalentar, dejarnos inseguros, temer que la nave de la Iglesia se hunde. ¡No! Recordemos las palabras de Nuestro Señor Jesucristo a San Pedro: "las puertas del infierno no prevalecerán contra ella" (Mt 16, 18).

Sabiamente el Papa San Pío X nos da claridad en las borrascas que presenciamos: "Cuando la Iglesia aparece sacudida y casi sumergida por la tormenta más feroz, reaparece más bella, más vigorosa y más pura, resplandeciente en el esplendor de las mayores virtudes" (26-5-1910).

Siete años después la Virgen en Fátima afirmaba, categóricamente, al final de su Mensaje: "Por fin, Mi Inmaculado Corazón Triunfará". Recemos, esperemos, veremos.

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