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Votar o no votar, he ahí la cuestión

William Shakespeare, en el monólogo de Hamlet, empieza planteándose una tesis: “ser o no ser, he ahí la cuestión”, es decir existir o no existir, o si ustedes prefieren, trascender o no. Esa interrogante debemos reformularla en todos los momentos de nuestra vida. Hoy por ejemplo, o votamos e incidimos nosotros directamente en el futuro de las decisiones políticas del país, o permitimos que otros lo hagan, para contentarnos luego con criticar las decisiones de los partidos y de los funcionarios.

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José Miguel Fortín Magaña / Médico psiquiatra

José Miguel Fortín Magaña / Médico psiquiatra

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El argumento anterior, por lo menos desde la perspectiva formal, no amerita mucho seso; es claro que es mejor incidir y proponer a los mejores candidatos, que permitir que sean otros intereses, quienes propongan personas no siempre limpias, que han hecho de la política una lucrosa forma de vivir a costillas del Pueblo. Es claro además que es a ellos, a los corruptos (de todos los espectros políticos) a quienes más les interesa que pensemos que “todos son iguales”, porque en esa misma línea, la gente independiente no votará y permitirá que los votos duros, los testaferros y los propios interesados sean al final los que decidan.

Muchísima gente ha escrito sobre la necesidad de votar y yo mismo lo he hecho; pero insistir en ello es necesario porque aunque la explicación sobre por qué votar es contundente, también cada día hay gritos de una turba que exalta al público a no hacerlo. Muchos de los vociferantes pertenecen al conjunto de los corruptos que tienen un interés particular en que la gente honesta no intervenga, para quedarse con la mayor tajada. Esa es la fracción del pastel a la que nos referíamos en el párrafo anterior; pero está además el grupo de los anarquistas de cuello blanco (de quienes hablábamos en el artículo anterior) que argumentan constantemente que existe una gran corrupción, pero no hacen nada para combatirla genuinamente. No basta gritar que algo está mal; hay que intervenir para cambiarlo; y hoy, hay que decidir quiénes son las mejores personas para representarnos, porque es evidente que no todos son lo mismo; que hay diputados, hombres y mujeres, que hacen la diferencia; que persiguen el bien común y que buscan formular leyes justas que nos permitan convivir pacíficamente, cada uno sustentando sus ideas y admitiendo a los demás tener su propio punto de vista. Yo tengo mi propia lista, que no menciono acá por temor a dejar fuera (por cosas de la memoria) a más de alguno de los muchos que considero honestos y valiosos para nuestra patria; pero también tengo una lista, desafortunadamente también larga, de los que considero infames mercaderes de la política sucia. Verdaderos matones que amenazan aún a sus propias compañeras de partido o farsantes que aceptan una curul para tener fuero y que no se presentaron a la Asamblea Legislativa, sino hasta que la Sala Constitucional anulara la nominación pasada de los diputados suplentes. En esa lista hay borrachos que disparan contra mujeres policías, caprichosos viajeros por el mundo, coloridos prestadores de vehículos, diputados con decenas de asesores y sobre todo, demagogos profesionales que viendo a los ojos de cualquiera, mienten y se recetan privilegios que por otro lado niegan al Pueblo.

Yo no votaré por ellos. Votaré por mí. Votaré para elegir a aquellos que me representen limpiamente; y Dios mediante, si más salvadoreños hacemos eso, podremos juntos cambiar el rumbo y el futuro del terruño que llamamos Patria.

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