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Voto popular, política y el caso Trump

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A las 9 de la noche del martes pasado, los salones que la embajada de Estados Unidos había rentado en el hotel donde celebraba su “Noche de elecciones” estaban a media luz. Ya habían pasado las entrevistas y todo mundo miraba perplejo en las pantallas cómo el candidato republicano, Donald Trump, ganaba y ganaba estados.

Que el mapa de Estados Unidos se pinte de rojo durante una elección presidencial no es algo contundente, porque el peso que cada estado tiene en la votación depende de la cantidad de habitantes que tenga. Es decir, todo el centro del país puede tener el mismo color, pero si las costas (California en el oeste y Nueva York al este) están azules, pues algo de esperanza tienen los demócratas.

Sin embargo, cuando Florida se pintó de rojo, eso ya era algo que salía de toda estrategia del equipo de campaña de Hillary Clinton.

Aparentemente, la candidata demócrata había logrado importantes apoyos de hispanos y de otras minorías, como tradicionalmente pasa hacia los demócratas. Pero se subestimaron varias cosas. Por ejemplo, a los cubano-americanos no se les puede echar en la misma categoría que a los inmigrantes de El Salvador o México. Sí, hablan español y tienen una herencia cultural en general bastante parecida, pero sus intereses –y su realidad– no son para nada comunes.

Estados Unidos aplica para los cubanos que escapan de su isla la política de “pies secos, pies mojados”: si llegan a territorio estadounidense, son bienvenidos. Eso no pasa con un salvadoreño que huye de la violencia de su país o con un mexicano que cruza la frontera. En lugar de la bienvenida del cubano, reciben una orden de deportación.

Los cubano-americanos, además, son profundamente anticastristas en su gran mayoría. Así que por eso suelen identificarse con los republicanos. Por eso, en esta ocasión, votaron en contra de la candidata del partido cuyo presidente levantó la presión hacia el gobierno de los Castro.

Después de que todas las predicciones políticas y casas encuestadoras fallaron, todos dicen que Trump ganó porque logró conectar con el ciudadano común y corriente.

Supo llegar a ellos y decirles lo que querían oír, aunque eso fuera algo políticamente incorrecto, como que expulsará a los indocumentados, que no permitirá el ingreso de musulmanes o que considera que los miles de desempleados están en esas condiciones porque extranjeros les han robado los trabajos.

Eso, sin embargo, es parte de la lógica capitalista y globalizada actual: para que un estadounidense promedio pueda comprar su iPhone, Apple tiene que llevarse la producción a China, donde es más barato.

Hacerlo todo en Estados Unidos, como propone el ahora presidente electo, equivaldrá a multiplicar por mucho el precio del aparatito.

Clinton quedó arriba en el voto popular, como por poco más de 574,000 sufragios, pero como es una votación indirecta, los votos del Colegio Electoral superaron por mucho a la candidata demócrata.

La presidencia de Trump es tan impredecible que incluso el mismo presidente de Rusia, Vladimir Putin —quien alabó en múltiples ocasiones al multimillonario—, dijo que mejorar las relaciones con Estados Unidos “no sería fácil”.

Lo bueno es que la separación de poderes en Estados Unidos no es una idea abstracta, como en El Salvador. Y el presidente tiene límites.

Trump los conocerá incluso de su propio partido.

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