Vuelven las promesas

La próxima campaña política se inició con la mención de precandidatos, resultados de encuestas y entrevistas a aquellos ciudadanos que tienen la obsesión de detentar el poder gubernamental en un país que se destaca por un antecedente de varias décadas de carencia absoluta de intencionalidad, en los tomadores de decisiones, de alcanzar mayores niveles de desarrollo y bienestar colectivo.
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Es motivo de tristeza una precampaña disfrazada en circunstancias en las cuales las clasificadoras de riesgo argumentan en la evaluación baja que le asignan al país: “por la extrema polarización política”. El temor de un bipartidismo a ultranza contrarresta esfuerzos aislados y patrióticos de salvadoreños que quieren vivir en paz, trabajando, pagando sus impuestos y ser la solución y no el problema.

Esos que han procurado una vida con propósito no les ha agradado la ansiedad de algunos que quieren disfrutar a placer de las arcas nacionales a perpetuidad. Sobre todo en un país de continuo bajo crecimiento económico y una inequitativa distribución del ingreso, por lo que el despilfarro, el robo y la corrupción resultan pecados. Término último que quizá algunos les es indiferente; entonces, “una injusticia”, en un país en retroceso integral, indisciplinado, de ganga individual con una inmensa mayoría sobreviviendo y con un quehacer político por décadas ineficaz y un rechazo de la afirmación del político brasileño Adhemar de Barros: “Él roba pero hace”.

Se escucha el clamor de búsqueda de un líder con mucha capacidad, aunque por el evidente problema cultural pareciera que lo que se necesita es un tirano, de esos que cuentan existió en una fábula, en un país oriental, que declaró en su primer discurso meter preso a los que botaran basura en las calles. En su primer mes de ejercer su mandato presidencial, se dice en el cuento, se abarrotaron las cárceles y hasta tuvieron que habilitar estadios para dar cabida a tantos infractores. En su segundo discurso declaró su intención de meter preso a los que no pagaran a cabalidad los impuestos: se registró un superávit fiscal.

Más que exclamaciones vanas y discursos pletóricos de promesas, el país requiere de una generación ambiciosa, con empresarios y políticos honestos para aspirar en los próximos veinticinco años a un nuevo El Salvador. El país ya no puede seguir sobreviviendo, requiere de un renacimiento impulsado por trabajo y no por discursos, por mayor producción y no por promesas de plaza, por competitividad y no por un trillado léxico.

No puede ser de otra forma en un país con el más bajo crecimiento regional de su producto interno bruto y con tanta inequidad en su distribución. Parodiando a Eduardo Galeano, y en el cual a los niños de padres ricos los transportan como si fuesen dinero: en carros blindados, y juegan con juguetes de alta tecnología con balas de mentiras, mientras los niños pobres carecen de juguetes y tienen que hacer piruetas en las calles para evitar las balas de verdad.

A veces ese ingreso nacional se distribuye en una forma forzada y peculiar con una añeja corrupción que data de muchas décadas y puesta en evidencia en años recientes; quizá por estrategia política o simplemente por la reveladora tecnología de redes sociales. Pero esa cascada de corrupción no desciende a estratos de ingresos bajos, se queda en las altas esferas gubernamentales a través de diversas y peculiares formas.

Señores políticos jóvenes de la nueva generación: Ustedes serán el cambio y la renovación; recuerden que sus antecesores no hicieron nada, prometieron cambios y en el gobierno cambiaron, pero cambiaron... de opinión.
 

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