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“¿¡Y de qué voy a vivir pue’!?”

Pocas frases impactan e intimidan tanto a los políticos en general. Suele surgir cuando alguien de (con frecuencia) escasos recursos es encontrado/capturado “in fraganti” haciendo algo que, claramente, no es correcto. Comúnmente es expresado cuando se está talando, cazando, pescando o “vendiendo pirateado”. Pero de mucha mayor importancia es el verdadero contenido de este planteamiento, rara vez percibido por dichos políticos.
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Laguna El Jocotal, 1976. Un tal “Chepe Toño” (biólogo muy famoso y aún recordado en dicho lugar), junto con un grupo motivado y decidido de guardaparques locales, inician un proyecto de vida silvestre consistente en reproducción de pichiches de ala blanca utilizando cajas de anidación, dada la grave ausencia de árboles maduros, que normalmente poseen las cavidades en que estas y muchas otras aves anidan. Hay una población menor de 200 pichiches ariscos, y declinando.

En un inicio, la resistencia a un control en la laguna es feroz, pues además de este proyecto se intenta manejar el lugar como un parque-reserva para la recuperación de toda la fauna local; y esta incluye... la acuática. Pues a pesar de supuestas restricciones de pesca, en ese lugar priva la ley del más agresivo; incluyendo el uso de explosivos, venenos y atarrayas de malla excesivamente pequeña. Las cajas de anidación reciben pedradas, hondillazos y balazos. Muchas palabras dirigidas al personal (entonces) del MAG tampoco son muy cariñosas. Deben enfrentarse las percepciones si es que el proyecto y el esfuerzo no habrán de fracasar.

“¿Usted cree que no sé que me estoy acabando la pesca, y que lo que queda no podrá reproducir por su pequeño tamaño? Pues no; lo sé muy bien. Pero si no lo pesco yo lo pescan ellos (señalando otros pescadores cercanos). Y entre mis hijos y los hijos de ellos... ¡¡¡Mis hijos!!!” La lógica parece contundente. Solo hay una ruta: la de convencer que la veda, de verdad, será total; y para todos. Nada de “mi compadre” o “el fulanito”. Nadie podrá violar la veda. Nadie.

Se empiezan a confiscar hondillas, trasmallos y atarrayas finos; disminuyen considerablemente los daños a las cajas de anidación, y desaparece la necesidad de buscar lugares remotos y de difícil acceso para colocarlas; surgen voluntarios que quieren que se les coloque una caja de anidación en el árbol “pegado a su casa”; llegan “soplos” sobre intrusos de afuera que buscan burlar las regulaciones. Con la ayuda de algunas autoridades, el control y el respeto van dominando. Mejora la pesca en tamaño y número (pez más grande = mayor valor por libra). Para 1980 la población de los pichiches se dispara a cerca de 8,000, y deben incluso reducirse el número de cajas de anidación por una ya evidente sobrepoblación. Se comparten huevos de pichiches con la población local, que percibe cada vez más el enorme potencial del área, con vida silvestre mansa, para atraer un turismo “que genere pisto”.

El mensaje de “Y de qué voy a vivir” se percibe ya con claridad. Y está muy lejos de ser “No tengo más opción que destruir mi futuro, el de mis hijos, y el de mi país”. Más bien es “Aquí debe intervenir alguien con capacidad, integridad y autoridad, que sepa, diga y regule qué hay que hacer”. Dios quiera, GOES, mensaje recibido.
 

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