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¿Y entonces?

Esta es una expresión de un amigo ingeniero que no le agradaba perder el tiempo en presunciones y/o elucubraciones sin llegar a una solución rápida y pragmática.
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El llamado de atención en reuniones de trabajo cuando tuve la oportunidad de prestar servicios en una empresa se suscitaba aproximadamente cada diez minutos y no dejaba de exasperar, pero en el fondo tenía razón. Somos dados a desperdiciar el tiempo. Impuntuales también, no valorizamos ese recurso y nos percatamos de que se agota: ya tarde.

El país como un todo ha dejado pasar años, décadas y centurias sin sentar las bases firmes de un potencial desarrollo. Los años pasan como agua entre los dedos y generaciones corren como un manantial. Una mala distribución del ingreso, mala educación y poder por el poder mismo han prevalecido por siglos en El Salvador. La última noticia (up to date) se ha ido convirtiendo en lugar común: homicidios, enriquecimiento ilícito y corrupción al por mayor y a granel, mientras tanto, la población económicamente activa trabajando y tributando.

Con gran dificultad el obrero se moviliza a su trabajo. Las vicisitudes o contratiempos para llegar a sus ocupaciones y para ganarse el sustento de la gran mayoría es impresionante desde mi óptica cómoda y diaria al transportarme en un vehículo del lugar donde resido hasta donde todavía trato de ser útil, no solo para los propósitos de la institución en particular, sino también intentando desarrollar una participación ciudadana apartidista con la ilusión de generar opinión para cambiar la actitud de esos cuyo móvil único es satisfacer su ego a través de la ostentación de poder.

Con lo que he manifestado mi amigo ingeniero ya hubiese dicho ¿y entonces? Yo opino y otro podrá manifestarse en contra o a favor, con las ventajas que la tecnología ofrece, de eso se trata. Pero a veces, lo que acontece “es una charlatanería” criticando lo que se hace, como buenos guanacos que somos, en manada, en cafeterías y otros lugares de aglomeración como centros comerciales, sin contribuir en nada y el país casi en default.

Participación ciudadana como dice un constante colaborador de este espacio de opinión: “Es el involucramiento activo y la capacidad de la población de contribuir en la toma de decisiones que afectan su vida”. Cada quien debería de hacerlo según sus capacidades y sus posibilidades, y es que lo tienen que hacer para que este país cambie. El voto es la forma democrática mediante un papel en el que se expresa la voluntad de las personas para elegir. Ejerce el sufragio.

¿Y después qué? En el presente los partidos políticos discuten la sostenibilidad fiscal, un acuerdo con FMI, reforma de pensiones o si priorizan o no áreas lógicas de buen gobierno: como el crecimiento económico, la educación y la seguridad ciudadana, como si fuesen los propietarios o accionistas únicos de la empresa llamada El Salvador. Se la pasan discutiendo y discutiendo, algunos de ellos asalariados, ¿y entonces?

¿Quién es el ciudadano? ¿A quién se le llama ciudadano? Parodiando a Aristóteles. El primero es aquel que participa de manera estable en el poder de decisión colectiva, en el poder político. El segundo es aquel individuo que es capaz de considerarse ciudadano. Creo que debemos contribuir o participar de manera estable en forma directa o indirecta en el poder de decisión colectiva del desarrollo y del futuro del país de todos. Habrá que pronunciarse, “como accionista” o como simple ciudadano, sin menoscabar o dañar la integridad ajena. Por lo menos vota, las veces que se te convoque. Crecimiento y democracia.

Tags:

  • crisis fiscal
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