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¿Y la prevención sísmica?

En casi todos los lugares de la Tierra se producen, con variable intensidad, los impredecibles terremotos, aunque los científicos determinen zonas propensas a sufrirlos.
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En alusión al tema, ¿consideran los salvadoreños que las autoridades correspondientes han hecho su mejor esfuerzo para prevenir a los habitantes de los peligros que conllevan los fenómenos sísmicos, dada la frecuencia de ellos y la vulnerabilidad del territorio?

Indiscutiblemente, por antecedentes, la respuesta es no. El descuido en varios aspectos apunta a que la prevención es insuficiente. Para muestra, un botón: los simulacros en las escuelas, en donde se miran alumnos protegiéndose la cabeza con sus manos, pero dentro de estructuras deplorables.

Los españoles bautizaron en el siglo XVI a San Salvador como el “Valle de las Hamacas”. Su inestabilidad proviene de que todo el territorio se encuentra –según geólogos– en la intersección de dos fajas: el cinturón circumpacífico o de fuego y la cadena mediterránea. Existe un socavamiento de la plataforma marina y la interacción de las placas continentales. Estudios aseguran que el terreno de la capital es cavernoso, arcilloso y húmedo, lleno de fallas locales y conectividad entre volcanes. Son mayores los estragos cuando el movimiento sísmico es trepidatorio (vertical) y no ondulatorio (horizontal). Los capitalinos tienen un peligro latente en el volcán de San Salvador, por cumplir un ciclo eruptivo, después del destructor terremoto del 7 de junio de 1917 (jueves de corpus), cuya mayor intensidad se sintió a las 19 horas con 30 segundos.

Continuamente se suman construcciones en las faldas del coloso, sin saber qué dirección tomará esta vez el cauce de la lava. La deforestación también incidiría en esto. En lo correspondiente a nuestra capital, una posible erupción causaría muchos daños, dado el incremento poblacional y la cantidad de construcciones deterioradas. No toda la región salvadoreña afronta el peligro de un movimiento telúrico; existen departamentos de consistencia asísmica, como Chalatenango, Cabañas, Morazán, norte de San Miguel y La Unión.

Es necesario solicitar la colaboración de geólogos de países con experiencia en la materia, para efectuar estudios del subsuelo. Recordamos que después del terremoto del 3 de mayo de 1965 vino el Dr. Carlos Muñoz Ferrada, chileno, e hizo un reconocimiento del territorio y comportamiento de sus fallas. Se ha afirmado que satélites de investigación detectaron la existencia de un volcán submarino a varios kilómetros de la costa. Según observaciones, su ubicación difiere; unos lo sitúan frente al departamento de La Libertad, a 90 km de distancia, otros a la altura del estero de Jiquilisco, Usulután.

Si bien es cierto que en la vida de nuestro país los terremotos han plasmado su huella perenne y trágica, es necesario que todos los organismos responsables de estar en constante vigilancia sobre este comportamiento de la naturaleza, hagan bien su tarea preventiva. Recientemente, la vecina Guatemala gestionó ante el Banco Mundial un préstamo de 150 millones de dólares para posibles desastres. Posee un fondo permanente, que se incrementa año tras año para tal fin.

Al menos, las autoridades designadas para prevenir y actuar en estos casos deberían publicar la lista de las construcciones declaradas inhabitables para deducir responsabilidades en el futuro.

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  • terremotos
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