¿Y para dónde pues?

El 2015 lo cerramos con 6,640 homicidios. Pareciera que las cifras ya no nos dicen nada. Otro número más.
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“Menos mal que no me pasó a mí”, “sobrevivimos otro día”, “ver, oír y callar”. No es una exageración decir que en El Salvador ya no se puede vivir. El simple hecho de poner un pie en la calle ya es andar buscando el peligro.

La violencia nos está quitando la vida lentamente. ¿Cuántas personas han salido huyendo de sus hogares por amenazas? ¿Cuántas personas viven con el perpetuo miedo que los vayan a matar camino al trabajo? ¿Cuántos jóvenes abandonan la escuela, la universidad y sus sueños de superación? ¿Cuántos diagnósticos de cáncer, hipertensión o diabetes habrán sido catalizados por una llamada de extorsión y por el estrés y angustia que esto conlleva? Nos estamos muriendo, no solo a balazos.

¿Y qué hacemos? Huir, quienes pueden. Levantar muros y cerrar colonias, quienes pueden. Contratar seguridad privada, quienes pueden. No transitar zonas peligrosas, quienes pueden. Renunciar a un trabajo porque en el camino se cruza una frontera pandilleril, quienes pueden. ¿Y los que no pueden? Siguen con su “vida” esperando que no pase lo peor. No ser otro más diluido en una cifra, sin nombre ni apellido.

Poco a poco la sociedad se ha ido desintegrando. Somos más fríos.

Por miedo o ignorancia, preferimos no hablar con el vecino, no sabemos de dónde viene.

Preferimos no ayudar al de la par, por metidos nos puede ir mal.

Esto elimina los espacios para que diferentes sectores de la sociedad convivan, y con este aislamiento desaparece la empatía. Ya no nos importa lo que le pase al otro con tal de librarnos nosotros.

Podemos apuntar dedos a administraciones que les permitieron nacer, crecer, fortalecerse y hasta armarse. De poco va a servir.

No pienso que esta administración tenga idea de cómo solucionar el problema. ¿No me cree? Lea el resumen ejecutivo de El Salvador Seguro. Parece más carta a Santa Claus que un plan antiviolencia.

La oposición tampoco destila propuestas iluminadas. Quienes suponen tener el “monopolio de la violencia” han encontrado competencia, y han perdido mucha participación de mercado.

A pesar de todo el salvadoreño es arrecho. Aguantó dictaduras militares y la guerra. Aguantó la inconclusa reconstrucción del país, los aumentos de impuestos, la corrupción de los políticos vendehumos.

Ahora las personas que se esfuerzan día y noche para ganarse la vida entregan los frutos de su trabajo a punta de pistola. No deja de asombrar hasta dónde llega la tolerancia de este pueblo. Puede ser sumisión, o incluso resignación.

¿Qué nace de la desesperanza? Frustración, enojo. Se traduce en todos lados: En insultos en el estadio donde queremos matar al del otro equipo. En tráfico cuando no damos paso a nadie. Si se nos meten les mentamos a toda su ascendencia.

En redes sociales crucificamos al que no piensa como nosotros. Andamos acelerados, mechas cortas.

No sé si la situación de la violencia vaya a empeorar antes que mejore. Los datos no son muy alentadores. Pareciera que poco van a cambiar las cosas si seguimos en nuestras propias islas, dentro de los muros que hemos levantado para aislarnos del miedo y, de paso, de la sociedad.

Mientras las comunidades sigan desintegradas seguirán siendo tierra fértil para la violencia.

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  • violencia
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  • exclusion
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