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¿Y quiénes son los muertos?

La vida nace como en un cuadrilátero. Surge de una esquina como la luz del alba, y va tomando forma, fuerza y destino, como la luz del sol, alineándonos oportunamente con el cenit. Y en el tránsito trastocamos dos esquinas más, una donde se ubican la alegre y alocada juventud; y la otra, donde aterriza la desengañada, seria y complicada madurez, recogemos nuestra carga de responsabilidades; y experimentados y fuertes, ondeamos la bandera del liderazgo familiar, y como árboles frondosos somos capaces de dar sombra y seguridad a aquellos que nos han sido confiados... Y ese tramo es largo y sinuoso, con tormentas y tornados, cardos y espinos, hay caídas, golpes y sinsabores; y es el amor y sus derivados lo que nos permite avanzar sin desmayar ni rendirnos, contramarcando huellas y erigiendo monumentos que hablarán de nosotros por mucho tiempo.

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¿Y quiénes son los muertos?

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Y por fin arribamos –con el favor de Dios– a la última esquina, cuyo sendero arrastra en declive un remanso de debilidad física, recuerdos y sabiduría; tramo sin malicia, carnalidad ni proyecciones materiales; desde donde se divisa la puerta de golpe del adiós, puerta que unos consideran es el final y otros creen es el comienzo, donde nos estrechamos con nuestro Creador, que nunca muere, por lo cual lo suyo tampoco muere, siendo todo un proceso y un misterio de Dios.

Vivimos y morimos literalmente, pero también en sentido figurado, como dijo el poeta: No son los muertos los que en dulce calma, la paz disfrutan de la tumba fría; muertos son los que tienen muerta el alma y viven todavía... esto se aplica a aquellos estados que predominan en nosotros, cuando anidamos la amargura, la desolación y la frustración, y un pigmeo nos ataca cual gigante, y nos sumimos en pozos de desesperanza y de un gemir constante, sin reconocer que hay un Poder Superior a la espera de que lo invoquemos.

La paz del alma no se compra con dinero, se adquiere con esfuerzo mirando siempre a Dios. Aun ante los sufrimientos, humillaciones, injusticias y desavenencias, la mira debe enfocarse hacia el bien, el honor y la misericordia, lo que dará por resultado la paz... Por nefasta que sea nuestra vida, derivada quizás de malos ejemplos, pobreza extrema, abandono, abusos, etcétera, por errada que llevemos la existencia, todos tenemos dentro un espacio de bondad, contraparte de la maldad, que nos ordena respetar la debilidad y las lágrimas de los demás.

¿Por qué actuar así? Para no cargarnos de tantas deudas, porque la vida es de acción y reacción, las siembras se cosechan, y algunas de nuestras deudas las tendrán que pagar hasta nuestra tercera y cuarta generaciones. ¿Y por qué habremos de reservarles maldiciones a nuestros niños y no asegurarles larga vida, salud y prosperidad? ¡Si a Dios le basta con un buen sentimiento y un buen esfuerzo para elevarnos sobre mucho; y eso es en esta vida y en la otra!... Es tan corta la vida y tan largo el silencio. ¿Por qué desperdiciar esta única oportunidad de evolucionar?... Allá, al final, están Dios y el Averno. Uno provee paz y una festiva bienvenida, y consuelo a los deudos; el otro da una patada hacia el tormentoso recinto del dolor eterno.

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