Y... ¿el Parque de los Pericos?

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Colaborador de LA PRENSA GRÁFICAEl 22 de mayo de 1984, mediante Decreto Ejecutivo n.º 124, el presidente Álvaro Magaña y un entusiasta gabinete, en forma inusualmente unánime, establecieron el Parque Regional “Bosque de los Pericos” en el área de El Espino, San Salvador. Basado en los artículos 47 y 48 de la Ley Forestal y el fundamental artículo Constitucional n.º 117, esto fue ratificado luego en diario oficial en junio de ese mismo año.

Este evento –el último decreto de ese Gobierno– no fue fortuito ni caprichoso. ¿Caprichoso? ¿Fortuito? Bueno, en vista de que el concepto de este parque fue engendrado por Carlos de Sola (yerno del presidente), sería fácil pensar “que hubo cuello y prejuicio”. Pero no fue así, pues la decisión estuvo basada en una propuesta que contenía un concepto extraordinariamente avanzado y de categoría mundial; un concepto jamás planteado en El Salvador ni, probablemente, en Centroamérica.

Carlos de Sola habría de convertirse en una leyenda tanto en nuestro Gobierno como en una universidad repleta de leyendas –la Universidad de Oxford, Inglaterra– por su enorme cultura, vivacidad y dinamismo y, muy en particular, su visión y creatividad. Absorbía criterios, datos y detalles en forma asombrosa, para luego crear conceptos (como el de este parque) que trascendían por mucho el nivel de información recibida por sus aportadores.

Creó el concepto de “parque nacional semiurbano” de tres componentes: 1) Un área de uso intensivo (con un museo de historia natural digno y apropiado para tal), enormes aviarios ecológicos, jardines botánicos, acuarios, terrarios, etcétera. 2) Un área de uso extensivo, con jardines, arboledas, estanques, pozas, cascadas, senderos y áreas engramadas –todo con detalles finos y estéticos– para esparcimiento y relajamiento. 3) Un área de uso restringido. Este último merece particular atención, pues Carlos había captado conceptualmente algo de enorme trascendencia para nuestro país: Quienes escogieron este lugar para “futura ciudad capital” no fueron planificadores urbanos; fueron seres humanos normales obviamente fascinados por la deslumbrante belleza ambiental y alta productividad biológica del sitio, con bosques extraordinarios y quebradas llenas de nacimientos, agua y vida.

Pues el lugar escogido para esta ciudad muy probablemente poseía el bosque más magnífico y majestuoso de nuestro país; un poco como El Imposible, pero de dimensiones, diversidad biológica y exuberancia arbórea mucho mayor por sus suelos volcánicos jóvenes, profundos y muy fértiles, su clima y su topografía suave, y Carlos propuso que en El Espino habría de restaurarse y reconstruirse una muestra de ese bosque que fue. ¡Con todo y una isla boscosa para que llegasen y durmiesen nuevamente los pericos! Una visión que trascendió lo inmediato; en que las futuras generaciones importaban mucho.

Pero como sucede con desconcertante frecuencia, surgirían “mejores ideas” de cómo hacer este parque, y trágicamente regresamos a lo convencional, tradicional, pequeño; posiblemente desconcertados por las dimensiones, originalidad y novedoso del proyecto inicial; con su concepto integral, su enorme dimensión conservacionista, educativa y recreativa; tan esencial para construir dignidad y autoestima.

El proyecto original merece evaluación y reconsideración. Su implementación podría ayudarnos considerablemente a lograr una identidad más positiva y constructiva para contribuir a un país tan deseoso y necesitado de lo original, de lo propio; de lo grandioso; de lo trascendental.

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