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#YoEnElAmor

El amor es una experiencia humanizadora, una forma singular de empatizar, una manera especial de manifestarte en la vida de alguien más y de hacerle presente en el umbral más íntimo de tu existencia. Ese flujo de emociones y sensaciones están al alcance de todos, pero no todos podemos vivirlo de la misma manera. Es la desigualdad, expresada en términos económicos, sociales o políticos, la que habla ahora y silencia para siempre las aspiraciones de individuos de una forzada segunda categoría, quienes no pueden decir #YoEnElAmor de la misma forma que otros pueden hacerlo.
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Aunque todos aspiramos a amar de la misma forma, no todos podemos garantizarlo en las mismas condiciones. Mientras algunos han accedido a educación, salud y oportunidades de calidad, otros están condenados a vivir en un mundo de limitaciones, no solo económicas, sino también culturales y actitudinales. No se trata de demeritar la buena fortuna de los primeros, porque en la mayoría de casos no es buena suerte sino un cúmulo de sacrificios y decisiones acertadas. Se trata de preguntarnos qué podemos hacer para que las políticas públicas y los recursos que ponemos en común den resultados que, más que frías y simples cifras, sean más oportunidad de superar la pobreza y de amar. No podemos celebrar el amor hasta que existan las condiciones que permitan a todos acceder a oportunidades de prosperidad sobre las cuales sus afectos puedan construir.

Si bien construir sobre el amor requiere sacrificios, no todos sacrifican y sufren en igual medida. Mientras algunos sueñan con sus cincuenta sombras de pasión, otros muchos sufren incontables hechos de violencia física, psicológica, verbal y económica. Lamentablemente nuestra cultura arrastra rezagos de una época en la que afecto se confundía con posesión, la agresividad se desbordaba en una falsa sinceridad y la violencia se disfrazaba de atenciones. Una buena dosis de educación, salud y autoestima debería permitir que reconozcamos los patrones y hábitos que no deberían ser parte de una relación sana. Sobre estas tres áreas también podemos construir y aportar a las esferas individuales desde los esfuerzos colectivos. Desde el Estado y la sociedad podemos trabajar por prevenir los feminicidios, la violencia intrafamiliar y muchos otros abusos. No podemos celebrar el amor hasta que no brindemos garantías para proteger la integridad y dignidad de todos los amantes.

Otra frontera de las posibilidades del amor es el canon y las expresiones de afecto que aprueban algunas minorías disfrazadas de mayorías. No debería ser normal que desde la cultura, desde las leyes y las instituciones públicas y privadas despojemos a algunos de la posibilidad de amar, por el hecho de no seguir los patrones establecidos. Hasta que no comprendamos que el mundo es mucho más diverso de lo que la narrativa oficial nos ha enseñado, no podremos reconocer en otros la capacidad de amar y decidir con quién vivir su vida, satisfagan o no nuestras expectativas. No podemos celebrar el amor hasta que todos, independientemente de su orientación sexual, dispongan de las mismas herramientas legales para proteger los frutos de sus afectos.

Si bien el amor puede ser una decisión personal y una experiencia íntima, las políticas públicas y el rol del Estado también afectan nuestra capacidad de amar. Ojalá el amor fuera la excusa para involucrarnos todos y hacer funcionar nuestras instituciones.

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