Lo más visto

Zarpó el Almirante

En el firmamento de la literatura en castellano, tres autores conforman lo que yo llamaría la “tríada esencial latinoamericana”. Dos de ellos murieron hace más de un cuarto de siglo –Julio Cortázar en 1984 y Jorge Luis Borges en 1986–; el otro, el único que sobrevivía, falleció recién el pasado 22 de septiembre.
Enlace copiado
Zarpó el Almirante

Zarpó el Almirante

Zarpó el Almirante

Zarpó el Almirante

Enlace copiado
Tenía 90 años cumplidos. Era colombiano de nacimiento, mexicano por adopción y universal por vocación. Publicó, tarde, 24 libros imprescindibles; ganó prestigiosos galardones, menos el Nobel, y se fue de este mundo tan discretamente como pudo. Se llamaba Álvaro Mutis.

De cuna bogotana, Mutis había elegido México como su lugar de residencia definitivo desde 1956. Fue allí donde trabó amistad con Octavio Paz, Juan José Arreola y Carlos Fuentes. También fue en México donde conoció la cárcel. Acusado de malversar fondos en una compañía petrolera, pasó quince largos meses encerrado en la célebre prisión de Lecumberri, entre 1959 y 1960, experiencia de la que extraería riquísimo material para sus novelas, cuentos y poemas.

Otra amiga suya, Elena Poniatowska, me dijo que nunca había conocido a un prisionero tan alegre como aquel “Álvaro guapo y seductor, aunque estuviera tras barrotes”. De hecho, de las notas mentales y por escrito que amontonó durante su estancia en la cárcel, Mutis extrajo la primera de sus obras narrativas, “Diario de Lecumberri”. Él, hasta ese momento, solo había publicado poesía, pero ya destacaba entre sus libros uno, “Los elementos del desastre”, que tan temprano como en 1953 había marcado el futuro de su completa obra literaria.

Álvaro Mutis ya era un efectivo narrador en sus versos; sin embargo, en “Los elementos...” aparece más claramente desarrollada esa fascinante ambigüedad que andando el tiempo se convertiría en sello distintivo de su prosa y su poesía, es decir, la ausencia de fronteras entre el género narrativo y el lírico. La otra razón por la que aquel libro –el segundo en verso que daba Mutis a las imprentas– se convirtió en feliz augurio de su obra entera fue la aparición del inmortal aventurero que desde ese momento oficiaría de creatura viva, permanente recurso literario, inspiración y álter ego: Maqroll el Gaviero, uno de los personajes más sugestivos de las letras castellanas.

Imposible separar a Cervantes de su Quijote. Imposible desmarcar a Hamlet o a Fausto de sus respectivos creadores, Shakespeare y Goethe. Pues bien, Maqroll el Gaviero es la prodigiosa invención literaria que estará ligada, por los siglos, al talento inmarcesible de Álvaro Mutis. Se trata del errante e inconquistable marinero –el que está al servicio de la gavia mayor en un barco– que marcha por mar y tierra en busca de algo que nunca encuentra.

Los duros itinerarios de este complejo personaje, tanto sobre los océanos como a través de las selvas, corren parejos con los ingobernables trayectos que caracterizan a su espíritu nostálgico, siempre al borde del asombro, el tedio o la desesperación. Pocos protagonistas de ficción, en la literatura hispana, tienen esta hondura; pocos se encuentran tan penetrados por el conocimiento de la miseria humana como Maqroll el Gaviero.

Mutis se decidió a publicar la primera novela de Maqroll, “La nieve del Almirante”, hasta 1986. Seis volúmenes más, terminando con “Tríptico de mar y tierra”, en 1993, reúnen lo que ahora conocemos como “Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero”, en mi opinión, la mejor saga narrativa escrita en nuestro continente.

Ahora que Álvaro Mutis ha muerto, su inmortal marinero será cualquier cosa menos un huérfano. Hoy mejor que antes se encuentra Maqroll firme en la vela más alta del barco, desde donde divisa un horizonte fácil, absoluto, pudorosamente lejano.

Tags:

  • goethe
  • alvaro mutis
  • shakespeare
  • literatura

Lee también

Comentarios