Zurdo

Uno no elige si ser de izquierda (o de derecha).
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 Lo que ocurre es que en algún momento de la vida descubres que lo que piensas sobre el statu quo, el clero, las fuerzas armadas, el papel de la Iglesia, el rol del Estado o el pluralismo político se parece mucho a lo que dicen los políticos de la izquierda. Y entonces crees ser de izquierda. O que esos políticos lo son.

Algunos teóricos dicen que en El Salvador ya no hay izquierda ni derecha. Le adjudican ese efecto a la cultura posmoderna así como a la emergencia de personajes ideológicamente insípidos pero de poderosa popularidad, objeto del deseo de todos los partidos políticos. Se presume que el futuro del ejercicio partidario en nuestro país está en hombres y mujeres de ese perfil, que confunden a Marx con el señor del KFC, y creen que el liberalismo es ver películas de Alfonso Zayas.

No entiendo muy bien de qué hablan esos teóricos (en estos días, quién entiende una jodida cosa). Creer que hay salvadoreños que persiguen el ejercicio del poder y la administración del aparato público sin llevar una agenda, sin una referencia sobre el deber ser del Estado, sin una noción sobre el valor de la ciudadanía y cómo quieren invitar al pueblo a que la ejerza, es absurdo. De eso a sugerir que en nuestra política solo navegan personas saciándose a sí mismas y a su círculo de amigos, socios y parientes hay un pasito. Siempre creímos que había de esos, pero también gente decente. Y le agrego, sonrojado, “y que la mayoría era de izquierda”.

Entiendo que la vida es cambio, y que si las ideas no evolucionan se pudren. Ahora la izquierda salvadoreña es unánimemente pacifista, mientras que los 30 años previos hubo corrientes diametralmente opuestas en su seno. Ahora la izquierda salvadoreña es católica, apostólica y romana, una conversión imposible sin Monseñor. Y ahora, sus filas abrazan a burócratas pantagruélicos, a señoras alérgicas a viajar en económica, a un Charlton Heston de cuarta y a funcionarios convertidos en empresarios y terratenientes exprés. Bien por ustedes, pero una cosa es la movilidad social y otra ser un mequetrefe corrupto y arribista.

Los que siempre creímos que la izquierda, por su altruismo natural, por el interés colectivo inserto en su ADN, debe traducirse en una práctica política ética, enemiga de la injusticia, hemos quedado como unos imbéciles. No importa lo moralmente genuinos que sean sus seguidores, ni lo entregados y congruentes que sean sus activistas de la base, la izquierda salvadoreña agoniza por la inmoralidad de sus líderes y de sus más caros funcionarios.

Ya sabíamos que en la derecha del espectro político, la moral es solo parte de la decoración. Los dos últimos gobiernos de ARENA, de efectos pecuniarios cada vez más conocidos, se trataron más del libertinaje administrativo que del liberalismo económico. Y precisamente por esa década de despilfarro, esperábamos que la izquierda rescatara el aparato público, y combatiera el nepotismo, el peculado, el clientelismo político y que el manual de la administración pública salvadoreña ya no se titulara “Cleptocracia para dummies”. Hay mejores historias de éxito, ¿no?

Ese fracaso no debe entenderse como el advenimiento del posmodernismo, y que Dios nos guarde de los andróginos ideológicos. Este país, capital mundial del despojo y de la marginalidad, seguirá necesitado del pensamiento de izquierda. Solo el tiempo dirá si ese pensamiento aún cabe en el FMLN.

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