¡Ahora comienzo!

El alboroto causado por las pasadas elecciones no ha sido capaz de empañar el anuncio de la beatificación de Monseñor Óscar Arnulfo Romero. Son estos los acontecimientos que marcan profundamente los anales y las principales semblanzas de un país. Se trata de un episodio que dejará cicatrices profundas en los corazones y que deslinda una época de la otra.
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Con la beatificación del primer salvadoreño podremos entender con más claridad en qué consiste la santidad, la palparemos, nos regocijaremos porque un hermano nuestro la alcanzó y ojalá también intentemos buscarla. Más que agregar elogios a la figura universal del Obispo mártir, el momento es propicio para hablar de los santos. De esta manera podremos dimensionar el privilegio que representa para la patria, y ahora también para la humanidad entera, que la Iglesia reconozca las virtudes de un compatriota y le conceda colarse entre los destacados en las alturas.

Los santos han sido hombres y mujeres de su tiempo; no nacieron con el resplandor sobre su cabeza ni como celebridades destinadas a cambiar el mundo. Tuvieron defectos y, un día, porque así lo quiso la “Bondad Divina”, se convirtieron. Tomaron la decisión de transformar sus vidas, de modificar el entorno en el que se desenvolvían y tiraron el ancla de su existencia al cielo.

Una característica común de los santos es que todos han correspondido a la gracia, a ese don sobrenatural que nos viene del sacramento bautismal. Su existencia no fue ajena a los problemas, a las caídas, a la tristeza o a las tentaciones; pero a diferencia de otros, ellos se repusieron, confiaron plenamente en Dios y resolvieron cambiar el mundo. Así pasó con Óscar Romero cuando se dijo a sí mismo “ahora comienzo”. “¡Este año haré la gran entrega a Dios! Dios mío, ayúdame, prepárame. Tú eres todo, yo soy nada. Y sin embargo, tu amor quiere que yo sea mucho. Coraggio (¡ánimo!). Con tu todo y con mi nada haremos mucho” (Romero, 1940).

A los santos además de admirarlos debemos luchar por imitarlos. La beatificación de Romero nos recuerda que estos seres excepcionales recorrieron nuestras calles, lloraron y sufrieron junto al prójimo, se deleitaron con sus triunfos, despreciaron las injusticias y se empeñaron por cumplir su vocación al máximo.

El nuevo beato nos invita a emularle, a entender que “todos podemos y debemos ser santos”. La calle, la escuela, las empresas, los hogares, el trabajo, la universidad, el colegio, la política, cualquier ambiente y toda actividad son apropiados para vivir la santidad. Romero eligió el sacerdocio y lo vivió con dignidad.

Ahora se descubrirá su riqueza espiritual y ojalá vengan muchas conversiones. Personalmente atesoro una preciosa oración del mártir a la Virgen María: “Madre del amor hermoso, préstame tu corazón para amarle, dame tus ojos para verle; dame tus manos, lirios para tratarle y su seno virgen para hospedarle. Tú serás, Madre, mi eterna reina, por ti solo renuncio a otros amores. Tú me acercarás al altar y quiero que en tu regazo de madre se realicen cada mañana estas divinas confidencias de mi corazón con Cristo” (Romero, 1942).

El 23 de mayo será un gran día para El Salvador. Será una fecha en la que todos podremos comenzar o, según el caso, recomenzar nuestras vidas con el compromiso serio y definitivo de levantarnos. Seguramente el Beato Romero también lo hizo.

Ya no veamos a los santos “tan lejos, tan arriba, tan desligados de todo lo nuestro”; Romero nos ha demostrado que se puede, aquí, ahora, en nuestra familia, en la labor diaria; nos ha despertado el alma y ha encendido nuestra esperanza por la reconciliación nacional. “¡Nunc coepi!” (Ahora comienzo).

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