¡En búsqueda de quien las pague!

Las crisis no son aisladas. En la mayoría de ocasiones son integrales, se identifican en una sociedad en diferentes formas y en todos los niveles.
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Generalmente se inician en el área económica, continúan en lo social y arriban a lo político. Se magnifican y adquieren su máxima expresión cuando el sistema como un todo es incapaz de generar empleo decoroso a un porcentaje importante de la población en edad económicamente productiva y necesidades naturales y adquiridas en infinito crecimiento.

Esa crisis global alcanza su máxima expresión cuando las necesidades presionan a los valores esenciales de un ser humano hasta el punto en el cual estos se pierden o se degeneran. Entre ellos existe uno muy esencial: la Ética, esa que irresponsable juran conservar profesionales y políticos en el ejercicio de su profesión y sus funciones como gobernantes, respectivamente. Cuando este valor esencial en una comunidad civilizada empieza a desconocerse o a ignorarse se arriba a una zona de descomposición de la convivencia normal, sobre todo cuando estratos de la población con niveles de educación por arriba del promedio se contagian de “la peste de pérdida de valores” identificada muchas veces en un conglomerado social con un multiplicador del engaño.

Esa circunstancia degenerativa de la calidad del comportamiento humano equivale a un retroceso cultural en un planeta inmerso en un sistema de causa y efecto de modernismo tecnológico global para generar productos suntuarios y un consumismo turbulento que arrastra y obliga a muchos a utilizar un ingenio malévolo para obtener una fuente de ingreso que le permita la posesión de los últimos bienes y servicios, que por simple imitación se tornan indispensables.

La astucia o el ingenio hacen su aparición para apropiarse del producto generado por terceros con empleos improductivos en servicios de intermediación de productos no esenciales o ilícitos. El afán de poseer lo que nunca han tenido alimenta la envidia y el efecto demostración, obsesión que es satisfecha mediante el engaño al prójimo en una consigna de buscar no al que se las debe, sino a quien se las pague.

Las formas de hacerlo en la política es una temática reiterada. Se desea señalar la creciente práctica de algunos profesionales de proporcionar su servicio timando a su cliente, transfiriéndole adulteraciones y gastos innecesarios, comerciando con la necesidad y la angustia humana. Esto último resulta salvaje cuando se aprovecha la ansiedad e ilusión de salud de un enfermo, recomendándole medicamentos innecesarios basados en un diagnóstico falso o equivocado, que le permite a vendedores asociados participar en el negocio, quienes le retribuyen al creador original de la farsa en un sistema de comercialización oneroso para el paciente.

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  • Búsqueda
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