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¡En búsqueda de quien las pague! (II)

En el anterior artículo se subrayó la falta de ética de ciertos profesionales de la rama médica que quebrantan el juramento de Hipócrates cuando ejercen su profesión.
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¡En búsqueda de quien las pague! (II)

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Se señaló también el alto costo y la falsa expectativa que origina un desacertado diagnóstico. Esas prácticas se han difundido con el avance de la tecnología que necesita de aparatos y espacios modernos, que a su vez requieren de una red en cadena de servicios caros y que no siempre, como las recetas caseras de antaño, curan lo incurable, pero sí resultan onerosas para el inocente y esperanzado impaciente.

La vida pareciera que puede prolongarse en un reto de la ciencia a la ley divina. Ese inconsciente engaño induce a pacientes con mayor poder adquisitivo a acudir a procedimientos más sofisticados que solo se pueden adquirir en el extranjero. El avance de la tecnología, la globalización y la mercadotecnia satisfacen hasta la aspiración de extender la particular esperanza de vida. Esa genuina necesidad se trata de satisfacer en el extranjero con la esperanza de un dictamen de salud diferente al original. Todo ello en un sistema que permite la generación de empleo para una exponencial densidad poblacional a escala mundial.

Pero el multiplicador del engaño se observa en otros servicios. La búsqueda constante del prójimo que las pague, que en última instancia resulta ser el pueblo, se asemeja a un macho de carga que tiene que seguir transitando con más peso en su lomo o en su presupuesto, que en última instancia paga todos los platos rotos, sean estos aumentos del valor de las consultas, nuevos impuestos, subsidios con dedicatoria, sobresueldos trasnochados, el imperio de los zares del transporte colectivo, borrón de esquelas, chatarras ambulantes que menosprecian a conductores de vehículos particulares y la vida del peatón.

El sistema imperante es de una indisciplina colectiva, que se aproxima a una anarquía como efecto de un irrespeto casi absoluto de la legislación. El que se atreve a reclamar sus derechos es ignorado, expulsado o en la peor de las circunstancias es convertido en víctima. El ciudadano común, trabajador, usuario y contribuyente termina rindiéndose y refugiándose en su metro cuadrado, que resulta ser su zona de confort.

El sistema de sálvese quien pueda y que las pague el que se deja lo termina absorbiendo como un todo un pueblo o una población trabajadora, ganguera, con un sistema político muy polarizado y un sistema económico muy poco productivo de bienes, pero sí plagado de una intermediación de servicios formales e informales o lícitos e ilícitos. Todo ello se desarrolla en un nivel macroeconómico con serias dificultades para crear empleos formales y crecimiento, con inflación reducida, tasas de interés bajas, dolarizado, alto déficit fiscal, una calidad de vida un poco indefinida caracterizada por carencias absolutas de servicios básicos para una inmensa mayoría, pero con una impresionante capacidad de consumo en un importante porcentaje de la población con una fuente de ingresos en teoría identificada con las remesas familiares, pero con una propensión a consumir muy alta que no concuerda con el desempleo formal y los niveles de pobreza; circunstancia que propicia la especulación sobre la fidedigna fuente de una porción importante del ingreso nacional.

En conclusión, la búsqueda de quien las pague se desarrolla con un trasfondo de indisciplina sin temor al castigo, una colectividad amurallada y extorsionada, empresarios de servicios que parecen zares, un subsidio sin consenso pero institucionalizado, intereses personales que predominan sobre los colectivos, un sistema politizado, poca producción e inversión productiva, una cultura ganguera impresionante, pérdida de los valores esenciales; trasfondo, en el que “toda infracción pareciera permisible”.

Tags:

  • Hipócrates
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