¡Habemus Papam!

El pasado miércoles 13 de marzo el anuncio del nuevo papa Francisco conmocionó al mundo entero. La culminación del periodo de espera y expectación desembocó en una elección sin precedentes en la historia de la Iglesia Católica: el primer papa latinoamericano y jesuita; cuya labor pastoral se ha caracterizado por un fuerte sentido de servicio, un fiel testimonio de la virtud de pobreza, y una férrea defensa de valores cristianos.
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En una Plaza de San Pedro rebosante de fieles se acogió con efusivas muestras de alegría y entusiasmo al nuevo sucesor de Pedro; basta ver las imágenes para contagiarse del sentimiento de júbilo que impregnaba el ambiente.

Sin embargo, con el pasar de los días, los medios se irán enfriando y este gran acontecimiento irá gradualmente cediendo espacio a los sucesos del día a día. No obstante esta noticia nos ha dejado un importante incentivo para sacudirnos del letargo espiritual que muchas veces nos envuelve, y la oportunidad de renovar o adoptar nuevos propósitos que nos encaucen a ser cristianos más coherentes.

En el día a día no es inhabitual que se eviten comentarios e incluso se abstenga de confirmar o defender la fe por temor a aparentar ser cuadrados, retrógrados, ingenuos, y un largo etcétera de reproches que frecuentemente se le achacan a los cristianos. Y es precisamente en el poder que ejerce sobre nosotros el “qué dirán” donde reside el problema; pues el silencio y la neutralidad abren de par en par la entrada a una corriente de la sociedad que es contraria a esa fe que muchos de nosotros profesamos.

El creer no se atiene al mero conocimiento, sino que compromete la vida entera. Es por ello que considero que la coyuntura actual es particularmente propicia para realizar una seria reflexión de lo que representa la fe en nuestra vida y una oportunidad de proponernos seguir de cerca al que a partir del miércoles 13 de marzo preside la Iglesia Católica; a través de su biografía, discursos, escritos y ejemplo de fe y virtudes.

En su carta cuaresmal, el entonces cardenal Jorge Mario Bergoglio menciona el inicio de un camino: “Hoy nuevamente somos invitados a emprender un camino pascual hacia la Vida, camino que incluye la cruz y la renuncia; que será incómodo pero no estéril. Somos invitados a reconocer que algo no va bien en nosotros mismos, en la sociedad o en la Iglesia, a cambiar, a dar un viraje, a convertirnos”. Hace mención de un camino que todos como cristianos tenemos la personal responsabilidad de colaborar en allanar para las generaciones actuales y futuras. Un camino que debe permanecer amurallado por la defensa de la vida, de la familia, y de los valores y que no puede cimentarse sin hombres recios y coherentes cuyas convicciones trasciendan las aspiraciones netamente mundanas.

Asimismo, nos remueve la conciencia sin atenuantes al llamarnos a no permanecer apáticos ante el sufrimiento ajeno: rasguen los corazones para sentir ese eco de tantas vidas desgarradas y que la indiferencia no nos deje inertes. Y es en este ejercicio de introspección y confronta miento con nuestra conciencia donde se logra entrever la oportunidad de crecimiento que cada uno de nosotros precisa para el fortalecimiento de nuestro carácter, familia y sociedad.

En torno a este gran momento de la Iglesia en el cual el primer papa hispanoamericano asume la colosal tarea de guiar a los millones de católicos del mundo, se presenta especialmente apremiante el despertar del estado de hibernación de muchos y velar de manera diligente y proactiva por crear una mejor sociedad cuyo centro es Dios.

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