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¡Que Dios nos agarre confesados!

Ese día caminaba yo por los pasillos de un supermercado acompañado de una mujer, de unos treinta años.
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Dos días atrás se había convertido en mi empleada doméstica. Entre ambos arrastrábamos una carreta de metal. Ella sugería lo que debíamos comprar: que un limpiador de vidrios, que un par de lechugas para la ensalada. En fin, adquiríamos lo que necesitaríamos en los próximos quince días para no morir de hambre en casa.

Cuando llegamos a la sección de carnes, a esa mujer se le frunció la cara. Su voz se volvió flemática. Sobre todo cuando miraba una bolsa de mollejas de gallina. Cuando detecté el cambio en su voz y conducta, le pregunté por qué las mollejas le producían esa reacción (a mí no me desagradan). Me contó que, en la anterior casa donde trabajaba, había pasado, mucho tiempo, comiendo, varios años, tantas mollejas y desperdicios de carne que le provocaban un fuerte disgusto: su antigua patrona solo le permitía comer lo mismo que le daba a sus cuatro perros.

Ana ya no trabaja conmigo, desde hace mucho tiempo. Se fue para Estados Unidos. Con quien la sustituyó me pasó algo similar: un día me preguntó dónde estaban sus platos para comer y las ollas para cocinarse sus alimentos. Yo no supe qué responderle. Honestamente no entendía el porqué me hacía esa demanda. Luego supe que, en la residencia donde laboraba, como empleada doméstica, estaba obligada a cocinarse sus alimentos en ollas separadas a las que utilizaba para cocerle la comida a sus patronos. ¡Y Dios tendría que librarla si utilizaba los mismos platos de la vajilla para sentarse a comer en algún rincón de su estrecha habitación! Por supuesto que le respondí que ella comería, en mi casa, el mismo arroz que yo me comería.

A esa otra mujer tuve que reprenderla porque todos los días se levantaba a las 4 de la mañana a lavarme mi auto. Le dije que no volviera a hacer eso, porque ella no trabajaba en ningún lavacar. Yo no la había contratado para lavar carros a las 4 de la mañana. Ella me respondió que estaba acostumbrada a hacer eso porque su antigua patrona le descontaba una fuerte suma de dinero mensual si su auto no amanecía brillante.

Escribo estas vivencias porque, no tengo la menor duda, que en este país, el mismo que adopté henchido de orgullo en el pecho, hay quienes creen que una empleada doméstica está condenada a permanecer en el sótano de la vida. Las miran como viajeras de cuarta o quinta categoría en esta sociedad moderna. No tienen derechos. Deben vivir, mal pagadas, en la mansedumbre y, a veces, hasta le cambian las palabras por el puño. Las jornadas laborales pasan de 14 horas diarias. Si el patrono sale de noche y regresa bolo, deben permanecer de pie para ofrecerle una alka seltzer a las 2 de la mañana, para que se le quiten las agruras de la goma. A otras les va bien cuando no son abusadas, sexualmente o vejadas por las paranoias de la patrona.

Es inhumano, y hasta groseramente anticristiano, que se pretenda negarle, ahora, a las empleadas domésticas, hasta el derecho a la salud y, quizá, hasta el de la vida. Me cuesta creer que alguien no les reconozca, a esas empleadas, el derecho a vincularse al Seguro Social, ahora que la administración de ese instituto les tiende, por primera vez en su historia, la mano.

Resulta que algunos ya no solo quieren a esas mujeres como esclavas modernas en sus casas, sino que pretenden que, si se enferman, vayan a cocerse de calentura en cualquier otro rincón que no sean sus residencias, o se mueran lejos de su vista. Si les da cáncer, entonces que vivan de la caridad pública. ¡Qué clase de cristianismo es ese! Y todo porque, según sus cálculos, muchos ya no tendrán empleadas domésticas si los obligan a pagar, por ellas, un dinero adicional al Seguro Social. ¡Que Dios nos agarre confesados con esa clase de humanistas, como decía mi difunta abuela!

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  • Lafitte Fernández
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