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¿Cuál Reino?

Un rasgo cultural de nuestra sociedad es enseñorearnos unos de otros. Esto se conoce como búsqueda de poder. Existen instrucciones al respecto en el libro de Génesis: “Y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra” Ge 1:27-28. «Señoread» es la palabra hebrea radah, que significa «reinen», por tanto, el proyecto del Señor es que el hombre reine sobre la creación, excepto sobre los hombres. El Señor no quiere que el hombre se enseñoree del hombre. ¿Por qué? Porque el reino de los hombres le pertenece: “Para que conozcan los vivientes que El Altísimo gobierna el reino de los hombres, y que a quien él quiere lo da” (Dan. 4.32).
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Paralelamente surge otro reino en Babel establecido por Nimrod, quien comenzó a enseñorearse de los hombres y fundó una ciudad llamada Sinar, que significa «vigilante de los que sueñan o duermen». Pretendió edificar una torre para llegar al cielo y hacerse un nombre, en lugar de apegarse al proyecto divino de traer el cielo a la tierra y dar toda la gloria al Señor.

Babel significa «confusión» y representa al sistema religioso, construyeron la torre utilizando ladrillos cuadrados en lugar de piedras designadas por El Señor para las construcciones, así el sistema religioso mete al molde a sus seguidores, los hace cuadrados y luego los cose para que no pierdan su nueva forma. El Señor, por el contrario, respeta nuestra individualidad, y Pedro se refiere a Jesús como Piedra Viva, desechada por los edificadores, y a los creyentes como piedras vivas para edificar casa espiritual (1 Pedro 2:4-5). Esto hace parte del Reino que Jesús inauguró y al cual da toda prioridad: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mat. 6.33).

Llama la atención cómo en Babilonia se llevaban los prisioneros junto a los ríos y se les pedía que entonaran cánticos. Asimismo, la religión pide que cantes alabanzas, sin embargo, el alma sigue cautiva y triste (Salmo 137:1-4), porque el sistema religioso ofrece otra agua para calmar la sed, cuando la única agua que calma la sed es la que Jesús ofreció a la mujer samaritana (Juan 4:13-14).

Isaías profetizó la caída de Babilonia (Is. 21:6-10), Juan vio el final del sistema religioso, “Babilonia La Grande” (Apo. 14:8), ¡y ambos alzando su voz profética exhortaron al pueblo del Señor a salir de ella! (Is. 48:20, Apoc. 18:4).

Jesús nunca tuvo problemas con los pecadores, sino con los religiosos. Fue a ellos a quienes llamó hijos del diablo, raza de víboras, sepulcros blanqueados, hipócritas, porque sabían de memoria La Ley pero no la vivían, porque impusieron cargas a otros que ellos no llevaban (Mat. 23:1-36).

La queja del Señor en el Antiguo como en el Nuevo Testamento es la misma: “Porque este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón lejos está de mí, y su temor para conmigo fue enseñado por mandamiento de hombres” (Is. 29:13). Ahora que estamos elaborando Planes de Nación, debemos revisar si no estamos siendo víctimas del sistema religioso y buscar nuestra vocación de edificadores del Reino del Señor en nuestro país.

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