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¿Cuándo cambiaremos?

Los salvadoreños somos un pueblo valiente, otro pueblo ya hubiera desaparecido del mapa como resultado de la brutal represión militar, hambre, conflicto armado, pandillas y rampante corrupción.
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Todos los salvadoreños estamos enterados de que la corrupción y la impunidad son algunos de nuestros grandes problemas y que denuncias de estas giran alrededor de algunos políticos –un expresidente, ministros, viceministros y varios funcionarios gubernamentales, incluyendo diputados– y son solo la punta del cerro.

Debajo de esa cúspide se encuentran otros serios problemas: la pobreza, la desigualdad extrema y la arraigada injusticia. La Organización de Naciones Unidas reporta que casi uno de cada dos salvadoreños vive en condiciones de extrema pobreza y que dos de cada tres viviendas carecen de servicios básicos para habitarlas dignamente. La sofocante pobreza ha precipitado una masiva migración resultando en la ruptura del núcleo familiar.

Hogares incompletos continúan creando hijos agresivos y violentos, fuentes inagotables de reclutamiento de pandillas. Las cárceles están repletas con más de 27,000 salvadoreños, en su mayoría adolescentes y hombres jóvenes pobres y sin educación, para quienes hoy es como ayer, un mundo sin mañana.

El caso del expresidente Flores será discutido en noviembre, por su participación en la malversación de un donativo de Taiwán. Esto causó pérdida de millones de dólares, que pudieron haber sido –como originalmente destinados– apropiadamente distribuidos o invertidos en urgentemente necesitadas medicinas. Un indignante acto de corrupción. Todos esperamos con mucha anticipación la reivindicación de nuestro oscuro sistema judicial, el cual, con impunidad, ha dejado en libertad a otros culpables de saquear las arcas nacionales, sin tan siquiera recuperar esos dineros.

En nuestro país las dinámicas del poder han causado gran desigualdad, con grupos privilegiados controlando la cantidad de impuestos que pagan y su destino. Esto ha llevado al insuficiente financiamiento de programas sociales. Con precaria inversión en estos programas, la desnutrición en infantes y niños pequeños es rampante, ocurriendo en el período más crítico de sus desarrollos intelectuales. Otra generación que comienza la vida con desventaja, agregándose a la actual generación de jóvenes víctimas de la inhumana industria de la violencia.

La cantidad de impuestos colectados en nuestro país es una de las más bajas en América Latina, gracias en gran parte a las generosas exenciones para empresas y millonarios. Solo pensar que los pobres deben pagar por la seguridad de los ricos es una obscenidad política, completamente inaceptable.

El sistema tributario debe ser prontamente revisado y sus propuestas deben exigir transparencia y rendición pública detallada. Tenemos los conocimientos técnicos y profesionales competentes y decentes para lograrlo. Salvadoreños honestos que reporten corrupción y cuya investigación conduzca a la convicción de corruptos deben ser recompensados. Evasores de impuestos deben ser severamente penalizados.

El arcaico sistema político-económico necesita reestructurarse. Esto debe incluir, entre otros cambios, importantes reformas al sistema electoral; de tal manera que el dinero no sea el único factor determinante para que privilegiados ganen elecciones y que grandes segmentos de nuestra población, como las mujeres e indígenas, estén apropiadamente representados.

Solamente tenemos dos opciones que determinarán nuestro futuro: continuar con el mismo sistema o hacer cambios fundamentales al sistema político-económico dominante, para establecer una verdadera democracia, donde el Estado represente a la gran mayoría de los salvadoreños. Un país igualitario, responsable y representativo de su pueblo es un objetivo que justifica cualquier esfuerzo por lograrlo. La paz nace de lo justo. La injusticia genera pobreza y violencia.

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  • impunidad
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  • francisco flores
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